Como acostumbraba cada domingo, Villega se sentó en la tribuna de los locales. Mientras se cebaba mates observaba a un grupito de chicos, de no más de diez años, entrando en calor para jugar un partido de rugby.
Un viejo compañero del que hace
años no tenía noticias, y con quien supo defender la misma camiseta, se sentó a
su lado. Lo saludó con la formalidad propia de dos abogados en retiro, y
empezaron a charlar:
—¿Qué menesteres lo traen por
aquí, Ramírez? Me lo hacía viviendo en la Capital.
—Estoy de visita, Villega. Aproveché
la ocasión y vine a ver jugar a mi nieto. —Señaló la cancha—. Es aquel, el flaquito
que se paró de fullback.
—Qué maravilla. El aprendiz transitando
los pasos del maestro.
—¿Y usted también viene a ver a
algún … familiar?
—Los frutos de este árbol han
caído lejos del tronco, Ramírez. Créame que he intentado todo por convencer a
mis nietos de jugar a este deporte de caballeros, pero prefieren el criquet, el
parkour, el esquí sobre césped o la pesca con mosca. La juventud está cada vez
más rara ¿No cree usted?
Ramírez ignoró la pregunta al ver
una jugada en donde su nieto corría con la pelota bajo el brazo.
—¡¡¡Try!!! —gritó Ramírez— ¡Try! ¿Vio
quién lo hizo? Try de mi nieto. ¡¡¡Bien, Agus!!!
—Sí, sí. Interesante jugada.
—Jugadón querrá decir.
—Para mí fue mérito del scrum. Su
nieto sólo tuvo que apoyar la pelota en el ingoal.
—¿De qué scrum me habla? Si no
hay empuje: el que tira, saca.
—Es muy fácil desprestigiar el
trabajo silencioso y sacrificado que se construye dentro del scrum. Sobre todo,
para quien en sus días de gloria no hacía más que correr y pasarse la pelotita.
—Discúlpeme —a Ramírez se le
infló una vena en la frente—, pero llevar sobre mis espaldas las decisiones de
todo el equipo, no era sólo correr y pasarse la pelotita. De todas maneras, no
quisiera caer en argucias
maliciosas del pasado que no vienen al tema.
—Lo que usted diga, Ramírez. Mi búsqueda
incansable por primar la verdad me lleva a sostener que fue mérito del scrum.
¿Quiere un mate?
—No, está bien. Me da acidez.
El nieto de Ramírez recibió el
pase de su apertura, y tras esquivar a tres contrarios le pasó la pelota al wing,
quien voló de palomita y apoyó el segundo try.
—¡¡¡Buena jugada, Agus!!!
Villega sólo daba sorbos a la
bombilla con una mirada neutra.
—¡Qué grande! ¿Vio lo que hizo mi
fullback? Con qué cintura a lo Nicolino Lotche evadió los rivales, con qué elegancia
de gavilán se aferró a la pelota, con qué zancada a lo Carl Lewis se alejó de la marca. ¡Qué extraordinario!
Villega asintió tímidamente y
dijo:
—Si usted lo dice.
En la siguiente salida el nieto
de Ramírez saltó y recepcionó la pelota, esquivó a dos contrarios, le dio un pase
al centro, que al ser tackleado le devolvió la pelota con una mano, y tras una
corrida de cincuenta metros anotó su segundo try, —el tercero para el equipo—. Ramírez
parado en las gradas y con los puños en alto, alentaba exaltado:
—¡Ese es mi nieto! —Rápidamente
se dirigió a Villega—. Y no me diga que esa jugada la hace cualquiera. Vio con la
displicencia que saltó y se despegó del pasto, con la muñeca a lo Vilas con que
cedió ese pase, con la potencia a lo Jonah…
—… bueno, bueno, Ramírez. Me
parece que ya está excediéndose con tanta adulación. Comprendo que sea su
nieto, y que usted tenga una leve inclinación por ver las cualidades que dice que
el chico posee. Pero déjeme indicarle que el afecto que siente hacia él quizá
está trastocándole los sentidos.
—No lo hacía así de envidioso, Villega.
Pensé que entre nosotros se impartía un código de honor inquebrantable. Que nuestra
lejana pero insípida amistad no escondía fisuras. Creo que, por lo visto, me he
equivocado.
—No es para tanto. No hace falta imprimirle
esa cuota de catástrofe, de dramatismo novelesco. Yo entiendo que la verdad a
veces hiere; pero lo mío es simple y llana sinceridad. Mantengo un contrato
ético con el pensamiento justo. No puedo mirar diferente a un jugador porque sea
su nieto, o sobrino del técnico, o hijo del presidente. ¿Entiende mi punto de
vista?
—Lo entiendo, pero no aplica a este
contexto. Creo que usted está orinando fuera del recipiente.
—Es que —Villega se rasca la
cabeza—, yo no veo que ese muchacho haga todo eso que usted dice que hace.
Primero, es un tanto desgarbado. Y mire esas piernas, no cruzaron ni por la
vereda de un gimnasio… Que son elegantes, son elegantes. Mírelas de nuevo —las
señaló con el índice— parecen de bailarina de valet.
—Veo que no le alcanza con la
envidia y ahora se declina por sucumbir a la bajeza del agravio. La vulgaridad
es el alimento de los incultos.
—Y, debo de ser inculto en esta ocasión.
Pero como ya le comenté, me debo a la verdad, Y, mi experiencia me dicta que el
fullback es uno más del montón. Y del montón que debería estar saliendo de la
cancha ahora mismo y dedicarse al ajedrez. ¿Sabía usted que el ajedrez es
considerado un deporte olímpico?
—Trataré de no responder a ese menosprecio
por el bien de nuestra amistad.
—No fue mi intención ofenderlo. A
veces creo que esto de decir la verdad es una maldición de la que no puedo
librarme. Un yugo con el que debo convivir día a día.
—Considerando que usted se
adjudica el título de dueño de la verdad, ¿qué jugador se destaca en este partido?
—preguntó Ramírez con el mentón amenazante— ¿Quién porta las cualidades dignas
de su admiración?
Villega agudizó la vista,
pensativo. Sobrevoló la cancha con la mirada, deteniéndose en cada uno de los
jugadores. Se lo veía debatir consigo mismo. Finalmente, resopló satisfecho y
determinó:
—Enfocándome en el esfuerzo físico,
la sapiencia, las destrezas, y el estilo “innato”, me inclino por aquel —dijo y
señalo a uno de los de rojo y azul.
—¿Aquel con la 8? Debo reconocer
que ese sí tiene pinta de jugador de rugby. Buen físico para tan corta edad.
—No, no, no. Aquel… —volvió a
señalar— el pilar con la casaca 3. Ese que agarró la pelota y va para adelante.
Vea como corre, fíjese en esa postura inicial, ese centro de gravedad casi al
ras del piso, esa mirada un tanto perdida pero sólo para disimular el hambre de
contacto.
—Creo que tiene razón Villega,
parece que mira con hambre.
—¿Qué insinúa?
—Que usted me toma el pelo. No es
conexo con lo que dice. ¿En serio quiere convencerme de que ese es mejor
que mi nieto? Pero si desde que empezó el partido que el número tres camina la
cancha.
—Es que así suelen ser los jugadores
distintos. Tomemos por ejemplo a …no sé… a Messi: toda su carrera lo criticaron
porque caminaba, y sabemos muy bien de las capacidades sobresalientes del tipo,
no hay duda de que es un crack. Así de fantástica es la mente de los genios.
Para el ojo común e inexperto de la gente parece que caminan la cancha; pero en
realidad aparecen cuando hay que aparecer.
—Tiene que ser una broma, Villega.
¿Lo está comparando con Messi? Recién los contrarios lo encararon, y si el chico
tuviese un capote sería un excelente torero. Ni se ensució los hombros. Por
favor, tenga un poco de coherencia.
—Siempre soy coherente, recuerde
que me debo a la verdad. Y un hombre sin preferencias partidarias, rara vez cae
en equivocaciones.
—¡Ma qué verdá! Usted tiene un trato,
pero con la ceguera. Acá la única verdad es que usted es un… un hombre con pocas luces y que
obra como si las tuviera. No sé si soy claro.
—Veo
su claridad, pero su claridad me la paso por la oscuridad del…
—…
no se lo permito, Villega. —Ramírez se paró y mostraba el índice apuntando al
cielo—. Me doy cuenta de que esta
conversación ya traspasa los límites de la prudencia.
—Me
temo que está usted en lo cierto, Ramírez. A pesar de que el océano osa de horizontes
desmedidos, veo que nuestras embarcaciones han colisionado. Tan cercanos y así
mismo nos encontramos en las antípodas del pensamiento.
—Pero
¿qué dice, hombre? Será mejor que terminemos esta charla y vaya a buscar a mi
nieto.
Mientras
se alejaba, Ramírez negaba con la cabeza, y lo miraba entre confundido y preocupado.
El
silbato del árbitro dio por finalizado el partido, y los jugadores se reunieron
con sus respectivas familias. El fullback se acercó a Ramírez —que seguía molesto—,
y partieron hacia el estacionamiento.
Por
su parte, Villega bajó de la tribuna y se sentó en el primer escalón. Sacó de
la matera una pipa de roble, y llenó de tabaco la cazoleta. Le arrimó lumbre y la
fumó con calma.
Cuando
la mayoría de los jugadores despejó la cancha, se calzó la matera al hombro, caminó
lento y enfiló hacia su Honda Civic. Abrió la puerta, se sentó y antes de
ponerlo en marcha bajó la ventanilla y grito:
—¡Dale,
Gonzalo¡ Dejá de hablar y vení que tu abuela nos espera con la comida lista.
El
pilar se calzó la mochila al hombro, y empezó a caminar hacia el
estacionamiento donde lo esperaba Villega encodado en la ventanilla señalando el
reloj.
Fin