jueves, 15 de octubre de 2020

Amor en la mira



Ella sintió como su mirada se le clavaba en la nuca. Jamás lo había visto, o al menos eso creyó hasta girar sobre sus talones.

Ese brillo captó su atención y la dejó perpleja, sus pies de pronto se fundieron a los adoquines de la vereda. No se trataba de un simple reflejo, sino, de aquel proveniente de la mira telescópica de una Barret 107, que le apuntaba justo en la sien desde el segundo piso de un hotel de mala muerte, ubicado a dos cuadras por Avenida Lugones.

Cuando él acomodó su dedo en el gatillo y esperó a que voltease para estar seguro de que sea su objetivo; la vio a cara descubierta y la reconoció casi de inmediato. Tuvo que sacudirle la experiencia a ese rostro, pero allí seguía aquella niña de colitas en el pelo y guardapolvo con tablas. Sabía quién se ocultaba detrás de esa enigmática mujer, que supo irrumpir en sus sueños durante tantas noches.

Los datos no habían sido precisos como otras veces. Metro setenta de estatura, viste abrigo verde, usa gafas de sol, bufanda y boina francesa. Su apodo es Pixel y siempre lleva con ella su hámster enano, también conocido como hámster ruso, dentro una jaula de mano.

A sus treinta y dos años se había convertido en una hacker informática, buscada por piratear datos confidenciales del gobierno que de ser publicados, causarían un gran escándalo Internacional. Su verdadero nombre era una incógnita para los servicios de inteligencia, pero eso a ellos no le importaba, sabiendo que contaban con el hombre que nunca había fallado una misión en su extensa carrera militar, tal es así, que podía acertarle al ojo de un cóndor en pleno vuelo. 

Por primera vez la duda entibio esa frialdad que le proporcionaba cierto reconocimiento y le hizo ganar su apodo: el Témpano. Ya otras veces, había tenido que lidiar con personajes conocidos que se movían en círculos fuera de la ley, pero jamás le había temblado el pulso como hoy, cuando reconoció a Laurita Gálvez, su compañera de cuarto grado y el mundo se le desmoronó a sus pies.

Sintió que no podía hacerlo, no tenía el valor para matar a esa mujer que poseía unas curvas generosas y tes caribeña. Acabaría barriendo con ella, un pedazo de su infancia con solo contraer su dedo. Debía tomar una decisión rápido y cuando dejó que su lado apático tome el control, se le atravesaron recuerdos de una infancia juntos, jugando en el patio de la escuela. O la vez que lo defendió de los hermanos Sosa en la plaza frente a la heladería, para que no le sigan pegando. Siempre estaba ahí para animarlo, para ofrecerle una caricia. También recordó las meriendas en su casa; el sonido de su risa contagiosa que provocó en la comisura de sus labios un leve arqueo al recordarla. No era cualquier mujer y él lo sabía, era quizás la única persona que se detuvo en esos años, para darle sentido a aquellos días y por supuesto, su primer amor.

Pero como todo amor prematuro casi sentenciado antes de nacer, no les dio tiempo siquiera a acostumbrarse.

—Me voy a la capital... mi papá consiguió trabajo en una empresa importante y nos vamos el viernes, después de la mudanza. 

El dolor en su garganta frenaba la angustia al escuchar de sus labios temblorosos la noticia. Los besos y el sabor de sus lágrimas, fue la última imagen que sobrevivía de aquel helado mes de Julio. Mantuvieron contacto por cartas durante un tiempo, pero un día ella dejó de escribir y él reprimió su sentir hasta quedar solo cuerpo.

En qué encrucijada se había metido. El nombre de Laurita Gálvez lo seguía cautivando, incluso a pesar del paso de los años. ¿Estaría casada?, ¿Sería feliz con su marido?, ¿Hijos?... aunque eso no importaba mucho en este momento.

Ella lo miró con resignación y tragó saliva, aunque se extrañó que aún no sucediera nada. Por un instante pensó en correr, pero también había leído de ese tirador implacable que hacia el trabajo sucio. Entonces precisó que también sería inútil pedir ayuda. El aire apenas soplaba y la pausa se interrumpió con el sonido casi imperceptible de un disparo. Atinó a cerrar los parpados y a esperar. Fue en ese instante en que, con una eficacia milimétrica, la bala se incrustó entre los diminutos ojos del hámster, perforando la jaula de lado a lado, y como aquel viernes helado de Julio, otra vez, la tuvo que dejar ir.

jueves, 8 de octubre de 2020

Entre las sombras


Él siempre creyó que algo se ocultaba entre esas esqueléticas sombras que proyectaban los árboles frente a su casa. Aquellas que coloreaban con susurros las paredes de su cuarto. Suponía que la luz los ahuyentaba y a su vez, era la única manera de mantenerse a salvo.

Esa noche, su madre antes de preparar la cena y considerando que ya era fin de semana, dejó que él elija el menú, aunque sabía con certeza cuál sería su petición. Cuando acabó su primer plato quiso repetir, y la advertencia de sus padres no tardó en llegar:

—Mirá que después hay postre. Me parece que ya comiste bastante, te va a hacer mal la panza— le dijo su madre.

El niño no conforme con un solo veredicto, lo miró a su padre que era más permisivo a sus caprichos:

—Bueno, solo la mitad. Sino te llenas mucho y después te despertás por las pesadillas.

El niño evadió la advertencia tan solo asintiendo con la cabeza para complacerlos, pero a sus seis años, no podía medir consecuencias ante esas milanesas crocantes y ese irresistible queso fundido. Cuando quedó satisfecho, se sentaron en los sillones del living, frente al televisor a ver su película favorita de dinosaurios. Mientras, disfrutaban del postre helado que ella les sirvió en unas copas. No paso mucho tiempo para que el cansancio de ese día agitado y la pesadez de su estómago lleno, se haga sentir.

La madre lo acompañó a la cama y le leyó dos cuentos. Los ojos de su hijo intentaron, durante unos minutos, resistir el encanto de aquel tono calmo y uniforme que ella utilizaba para narrarle historias, pero al final cedieron.

Con movimientos sigilosos ella se retiró y fue a su habitación, allí donde su esposo la esperaba. Aprovecharon que esa noche nadie los molestaría para quitarse la etiqueta de padres y entregarse al rose de sus cuerpos. Tras quedar exhaustos, ambos cayeron en un sueño profundo, casi sin energías.

Transcurrió apenas una hora, cuando un grito irrumpió los silencios de esa noche y el llanto del niño se filtró en cada recoveco de la casa. 

—Te juro mamá, te juro que vi algo asomarse.

—Pero no, mirá... ¿No ves?, es el perchero con el gorro y tu campera que le da esa forma.

—¿Y el ruido de afuera?

—Ya te dije, son las castañas que caen de la planta con el viento. Le avisé a papá que la pode de una buena vez, pero siempre anda ocupado.

El niño no muy convencido de las explicaciones, que consideró un tanto rebuscadas, aferró con fuerza su oso de peluche contra el pecho y volvió a recostarse. Ella aguardó sentada a un costado de la cama, acariciándole la espalda hasta lograr que se quedase nuevamente dormido. Luego de arroparlo, apagó las luces y regresó a su habitación, esta vez, dejando ambas puertas abiertas, por si debía acudir a los llamados del pequeño que desde hace una semana intentaban que durmiera solo.

Eran las cuatro de la mañana cuando la puerta del placard se abrió. El quejido lastimoso de las bisagras lo volvió a despertar. Asustado, abrió los ojos en la oscuridad conteniendo la respiración e intentando reconocer alguna silueta entre las penumbras. No demoró en llamar a gritos a sus padres, pero estos, no respondieron, como si el sonido de su voz quedara atrapada en una densa masa de humedad, que se percibía junto a un pestilente olor a azufre.

En un movimiento conjunto, tomó las sábanas para cubrirse con ellas todo el cuerpo y contrajo sus piernas, acurrucándose al igual que un feto. Tras unos segundos se armó de coraje y sacó uno de sus brazos tanteando el mueble hasta ubicar el velador, pero al presionar con insistencia el interruptor la lámpara no encendió. Su aliento exhalaba bocanadas de un vapor gélido y no paraba de temblar. Intentó pensar en algo que le haga olvidar sus miedos. "No es nada"; "solo es tu imaginación"; "son solo las sombras del patio". Las respuestas de su madre era el alimento para no pensar en nada estúpido, nada que le haga imaginar que algo merodeaba por los rincones de su cuarto esperando paciente por él.

Durante varios minutos solo transcurrió el tiempo y era peor, porque su mente no era su mejor aliada. Tras esa eternidad su coraje se desmoronó, al notar que sus sábanas de a poco comenzaron a tensarse, como si alguien tirara de ellas desde el otro extremo. Sintió el deslizar de la tela a través de su cuerpo, primero descubriendo su cabeza, luego, muy lentamente los hombros y al llegar a su cintura, por más que intentó sujetarlas con fuerza, fue inútil luchar contra aquello.

Él se acurrucó aún más, llevando sus rodillas al pecho y cerró los párpados con firmeza rogando que sea un sueño. Una sombra, como la brea, devoraba los destellos de luna que ingresaban a través de la ventana y cuando se resignó a perecer ante eso que se mantenía oculto, recordó la linterna que solía dejar en su mesa de luz, la que llevaba a los campamentos. Y en un solo movimiento, como un acto reflejo, la sacó del cajón y al conseguir encenderla, apuntó con su brazo extendido a modo de espada. Se oyó un susurro similar al aliento ¡hahhhhh! y las sombras de su habitación de a poco se fueron retrayendo.

Recién en ese instante sus padres reconocieron su llanto acongojado, pero con más aflicción que otras veces. Su madre entredormida acudió casi tanteando las paredes hasta la habitación del pequeño, y luego de que escuchar atenta cada detalle que él explicó de los hechos, lo abrazo y calzó la cabeza de su hijo contra su pecho, murmurando al aire preocupada: Te dije que no te sirvieras de nuevo, te dije...

jueves, 1 de octubre de 2020

No se juega con la comida


Lo despertó la angustia de un mal sueño, pero a diferencia de otras veces, el abrir los ojos y saberse libre de ese encanto, no disipó su malestar. El sol aún permanecía oculto, pero afuera las paredes ya murmuraban sonidos cuando el agua hirviendo corría por viejas cañerías, en ese cuarto donde se desnataba y se hacía la manteca. 

Sobre alambres tendidos colgaban ganchos de acero y sobre una mesa, los cuchillos y la chaira aguardaban desde la noche anterior. 

Él se asomó de curioso nomas, con su bombacha de gaucho y sus zapatillas de luces con abrojos. Contempló ese escenario como otras tantas veces; la cadena rodeando el tronco, el aparejo con sogas gruesas, el carretón, el balde donde se juntaba la sangre. La peonada se acercó para dar una mano en lo que hiciera falta. Prendieron fuego sobre la tierra, para que un caldero de hierro fundido comience a calentar agua. Y allí, a un costado entre las primeras brasas, la pava cubierta de hollín dio inicio a los primeros mates. 

Nunca imaginó que su Pancha tendría las horas contadas, como si en algún punto se convenció de que el destino del animal se fuese a torcer. S
u relación se escribió desde mucho antes. Apenas cuando era del tamaño de un cuis o un ratón. En aquella paridera cubierta de chapas oxidadas, pasó casi media noche apretujada por su madre. Le costaba sostenerse en pie, encontrar una teta libre donde calmar el hambre. Es por eso que su padre, instruido para estos temas, la apartó del resto, y cada día, con una botella y una tetina de goma la alimentaba con lecha tibia, mientras el niño aprovechaba a acariciarle esa franja blanca, que le cruzaba por el lomo entre tanta negrura. 

—Ay mijo... quién lo manda a encariñarse con un animal que ni siquiera es suyo —. Se lamentaba su padre la noche anterior. 

Y algo de razón tenían esas palabras. Si bien, no se elige de quién amistarse, pero era cierto, en los papeles no era suya, sino del patrón. Aunque era innegable que la Pancha era como los perros, que solo reconocen a un solo dueño. Si hasta respondía a los silbidos cuando el pequeño la llamaba a la distancia y disfrutaba sus paseos en lomo por la ensenada de los caballos. Era mansita casi siempre, salvo cuando tenía cría. Supo ahí el significado de esa frase: "es más mala que una chancha". Tenían que entrar con horquillas al chiquero por miedo a la encarada, cada vez que había que curar algún lechón; era brava como madre la Pancha. 

El muchachito trepó a una planta y logró verla. A lo lejos la traían arreando de a pie, con una soga al cuello. Caminaba pausada, arrastrando con pereza todo su cuerpo. Se detenía cada tanto a relucir sus mañas, pero entre los gritos y el revoleo de ponchos conseguían que dé unos cuantos pasos más, para que luego volviera a detenerse. Él quería silbarle para... no comprendía en verdad para qué; tal vez, para que no sintiese temor, o en ese temor que compartían se sintiese acompañada. De lo que sí estaba seguro, es que de hacerlo, solo la estaría guiando a su muerte y prefirió mantenerse en silencio.

Cuando al fin lograron manearla en el piso, e
ntre los cuatro peones al mismo tiempo, se aferraron a la soga, mientras que otro la sostenía desde el cuello. Y tal cual fuese una bandera, la izaron desde sus patas. Los gritos de la chancha interrumpieron los silencios de la mañana y en la garganta del pequeño, un remolino amargo advirtió ese dolor. No sabía que hacer, aunque ya no se podía hacer nada. Luego, lo vio a ese hombre acercarse despacio, que no era ni más ni menos, que su propio padre. El trinar de los gorriones se detuvo por completo y los perros bajaron su cabeza, como si supieran lo que estaba ocurriendo. La niebla se puso densa al mezclarse con el humo de su cigarro, extrajo el cuchillo de su espalda sin voltear para no verlo, pues imaginó como ese par de ojos nuevos seguían de cerca cada movimiento.

El hombre se arrodilló frente al animal, hizo una pausa, como pensando unos instantes, aunque conocía muy bien su labor. Sabía que debía agarrar el mango y cerrar el puño firme y que debía entrar por el cogote apuntando al corazón. El animal lo miró casi sin pestañear, quién sabe que podría sentir en ese momento, pero no permitió que la duda lo ablande, pensó... lo mejor es no saberlo.

Un golpe seco enmudeció todo. El niño contrajo su estómago y cerró los ojos. Las lágrimas sin llanto recorrieron sus mejillas, a pesar de no querer llorar enfrente de ellos. La sangre cayó de a chorros y un perro en un intento trunco por meter su hocico, fue ahuyentado por un paisano que rápidamente colocó el balde —¡Vamos a tener buena morcilla negra! —gritó, mientras revolvía con la mano. Su padre no dijo nada, solo agachó la cabeza y se fue sacando el pañuelo de su bolsillo trasero, mientras dejó caer el cuchillo de su mano ensangrentada. Tras los últimos espasmos de la chancha, el carretón ancho se le acuñó bajo su lomo y la fueron recostando lentamente hasta quedar inmóvil, ahí postrada. 

Ya ubicados con trapos de arpillera, se dispusieron en ronda, a quitarle el pelo, mientras el agua hirviendo caía sobre esa franja blanca, la que le nacía desde el pecho. Desde la casa, a unos cuantos metros, se oyó el grito de su madre que lo llamó para ponerse el guardapolvo e ir al colegio. El niño bajó del árbol, se secó las lágrimas, dio la vuelta y se encaminó rumbo a su casa con paso lento. 


jueves, 24 de septiembre de 2020

Se puede estar peor.




Sucedía en verano, a pocos kilómetros del centro, ya invadía el aroma a mar, sonaba fuerte. Su nombre punta Desnudez: un hospedaje cinco estrellas con vista a una de las playas alejadas de los comportamientos exacerbados de la juventud. 

Ni bien Carlos y su esposa arribaron con la intención de alojarse por una semana, dejaron su equipaje en el Hotel y salieron rumbo al mar. Sus pies se enterraron en la arena, él cerró los ojos e inhaló fuerte, sus pulmones se llenaron del aire viciado por la sal y una cadena de palmeras a lo largo de la costa resoplaba con un sonido parecido al de las olas. Armó su reposera bajo una sombrilla y se puso a leer un libro. Su esposa en cambio, con su malla enteriza y peinado de rulos, prefirió broncearse.

—Un moco el conserje... no sé si te diste cuenta de la mancha de humedad en la habitación, hubiese preferido el hotel del Sindicato— comentó ella, mientras se acostaba boca abajo sobre la reposera.

El marido la miró por encima de los lentes, contrajo los hombros y continuó con lo suyo sin darle mayor importancia.

El sol ya se ubicaba en lo alto. Carlos quitó con su antebrazo las gotas de sudor en su frente y abandonó la lectura para adentrarse en las aguas calmas, no sin antes, invitarla a que lo acompañe. 

—El agua debe estar helada y te queda toda esa sal pegada en el cuerpo. Se hace una costra que no te la sacas más. Después el sol te empieza a quemar porque la última vez que fuimos a...— y Carlos en una técnica que había pulido casi a la perfección, luego de treinta años de casado, despareció casi sin dejar huellas en la arena y la dejó hablando sola.

Apenas el agua llegó hasta sus rodillas se zambulló como una lanza. Sacó la cabeza a flote y el choque de temperaturas le hizo tomar aire de golpe. De a poco se fue acostumbrando y comenzó a nadar mar adentro hasta notar como el agua cambiaba a tonos más oscuros. Era buen nadador y decidió llegar hasta una boya que marcaba el límite de aguas seguras.

Cuando se halló a pocos metros, sintió el roce de un cuerpo escamoso contra sus piernas e Inmediatamente se detuvo. Su respiración se aceleró y su mirada inquietante, buscaba una amenaza de la cual defenderse. Y desde las profundidades, como un torpedo, saltó una mujer, mitad humana y mitad pez. Los ojos de él se abrieron de golpe y su cuerpo dio un respingo. No podía creer que fuese real. Notó como de a poco esa mujer se le acercaba con movimientos ondulantes, mientras sus cabellos dorados acariciaban la superficie del mar.

Ella se detuvo a pocos metros y él comenzó a observarla en detalle. Lucía unos atributos desproporcionados para esa cintura tan delicada, Carlos estaba perplejo ante su exuberancia, casi al punto de olvidar mantenerse a flote y cada tanto se hundía.

—¿Hola, mi nombre es Akida Futaki, hija de rey Uruboro, tú cómo te llamas? —le dijo la mujer pez con unos irresistibles labios carnosos.

—Mmmmme llamo Carlos — dijo sorprendido al ver que ella dominaba su mismo lenguaje.

—¿Cómo es esto posible?, digo... ¿Cómo es posible que existan mujeres como vos?, ¿Acaso estoy en un sueño?

La doncella esbozó una sonrisa al notar la mirada libidinosa de aquel hombre y le contó que provenía de una civilización oculta, donde no había personas como él y la mayoría de las mujeres se veía en la obligación de copular con los machos de su tribu, que estaban dotados con piernas de humano y cuerpo de pez. Y que, en contra de los concejos de su padre, subió a la superficie en busca de alguien que la complaciera sexualmente sin pincharse con los bigotes o se le claven las escamas en el cuerpo, un acto que más allá de ser desagradable, era peligroso. Sobre todo, cuando les tocaba: el mitad pez globo, o el hombre mitad medusa o el medio pez espada.

Carlos con su mirada atontada pensó en los años que soportaba a su esposa, casi no recordaba la última vez que habían tenido relaciones... menos con la luz prendida. Y fantaseó con la idea de ofrecerse como candidato de aquella mujer pez a la que le doblaba la edad o quizá un poco más.

Akida, sin dejar de mirarlo con un deseo expreso, le pidió reencontrase al día siguiente, a la misma hora, junto a la boya. Él sin dudarlo aceptó la petición y luego de que ella se perdiera en las matices turquesas, se volvió nadando hasta la costa.

Cuando se acercó a la sombrilla fue inevitable detener su mirada en esa mujer de abdomen abultado, de carácter hosco, que ocupaba la reposera casi en su totalidad, como así tampoco fue inevitable compararla con aquella escultural muchacha de piel blanca y firme, con ojos celestes y de voz pausada.

—Ya tenes esa cara de viejo baboso, seguro viste algún culo por ahí. No podes con lo que tenes en casa y te queres hacer el pendejo —le dijo su mujer a los gritos.

El hombre la miró, con los dientes apretados y con el deseo intrínseco de ahogarla en medio del mar, pero contuvo sus palabras y la dejó hablar mientras su mente se perdía en los hechos excitantes que hace minutos lo habían sorprendido.

Cada tarde nadaba hasta la boya y se reencontraba con la sensual mujer pez, con quién intercambiaba risas y cruzaba miradas lujuriosas. Hasta que al quinto día y consciente de que se acercaba el final de sus vacaciones, no logró contenerse más. Se fue acercando despacio hasta quedar cara a cara y en un roce de labios, Carlos se dejó llevar por los instintos carnales. Se sentía como de veinte, pero Akida lo frenó sabiendo que podrían ser descubiertos, y esta vez le propuso verse por la noche, a las doce en punto.

El deseo por entregarse a los brazos de esa mujer lo tenían enceguecido, por lo que diagramó un día repleto de actividades para que su esposa termine extenuada. La llevó a pasear en cuatriciclo por las dunas, fueron a pedalear en esos botes con forma de cisne y compró una excursión a un museo de estampitas al que debían llegar caminando. Por último, la llevó a cenar a un restaurante de pescados y mariscos —la debilidad de la mujer—. De solo ver las aletas del pez recostado sobre su plato, el deseo se encendía y se inundaba de ansiedad. 

Cuando se aseguró que estaba satisfecha le propuso volver a punta Desnudez. Miró su reloj y solo faltaban cinco minutos para la medianoche, pero su esposa aún debía colocarse su máscara facial verde y las dos rodajas de pepino en sus ojos, como si esto sirviese de algo. Hasta que finalmente se recostó y su ronquido, fue la señal que impulsó el escape a hurtadas de la habitación.

La noche era cálida y a pesar de la demora se echó a nadar igual. La luna llena le servía de guía para ubicar la boya entre las aguas oscuras del anochecer. Una vez que llegó a su destino, la comenzó a llamar con pequeños susurros, y a lo lejos hoyó un chapoteo. En ese momento pudo sentir un llamado de apareamiento, ruido de tambores en su cuerpo de solo imaginarse tocando esos enormes pechos. Luego escuchó otro chapoteo, esta vez más cerca, la salpicadura del agua le mojó el rostro. Ese cotejo misterioso lo excitaba aún más, y se quitó el traje de baño y lo arrojó sobre la boya, sin importarle demasiado si le acertaba o no.

Lo raro vino después, cuando sintió bajo la planta de sus pies, como si algo lo estuviera lengüeteando y tras unos segundos se paralizó al notar una figura grande y brillosa girar en círculos en torno a él, con una aleta dorsal que fue asomando de a poco sobre la superficie. Y pensó en su mujer, en tantos años de casado, tantas vivencias compartidas, tan acostumbrado que estaba a sus quejas y a las rodajas de pepino, para terminar así, flotando en la inmensidad del mar, esperando con temor a recibir la primer mordida.

jueves, 17 de septiembre de 2020

Amor verdadero



Mi estómago comenzó a orquestar sonidos involuntarios, avisando que debía localizar con prisa un baño, el mismo día que salimos a pedalear en bicicleta, aquel domingo de noviembre. La conocía desde hace muy poco, aunque "conocer" podría ser un verbo exagerado para nuestra primera salida juntos. Ella era bioquímica y trabajaba en una clínica privada sobre la avenida Cisneros; mientras que yo, aspiraba a convertirme en un donador de plaquetas compulsivo. Cada quince días, pedía un turno con la misma excusa, pero con el propósito encubierto de disfrutar su presencia, sentir su perfume, notar como su cabellera larga y rojiza acariciaban sin intención mi brazo; cómo con ambas manos sujetaba esa goma de suero con fuerza, empujando mi imaginación por lugares oscuros.

No recuerdo si fue la sexta o la séptima vez, cuando acusé un poco de languidez por el ayuno y le propuse tomar un café en el bar de enfrente. Ella, con la seriedad con que me trataba cada semana, y casi sin permitirme acabar la frase, me sentenció con un... —No, gracias —, como si no se hubiese molestado en procesar mi ofrecimiento. Nunca me consideré un tipo muy agraciado, digamos que me mantenía en la media de los cánones de la belleza masculina, pero si hay algo que me sobraba, era paciencia. Fue así como, seguí perseverando, y me enfocaba en temas cotidianos, de manera tal, que se veía casi en la obligación de responderme, aunque fuese por educación.

—¿Qué locura el tránsito no? Imposible encontrar un lugar para estacionar, toda la manzana ocupada. ¿Siempre es así por acá?

—Si, todos los días. Por eso prefiero andar en bicicleta. Hago un poco de ejercicio y evito estos problemas.

Todo siguió...no podría decir "según lo planeado", porque ante aquel rechazo, me notaba inseguro, y permanecía en la búsqueda de señales claras, que me animen a jugar mis últimas fichas. Hasta que un día, mientras esperaba sentado en la sala a ser atendido, la vi conversando y al percatarse de mi presencia, contorneó una sonrisa tímida, luego de que se recogiera el cabello detrás de su oreja. Veintidós veces ya me había clavado una jeringa en los brazos y nunca me había mostrado ese gesto. Si bien nuestros diálogos se habían enriquecido con cada pinchazo, y cada tanto se le escapaba alguna carcajada, esta vez la noté con la guardia baja. Ese día ella, tenía la necesidad de hablar y no quise interrumpirla. Mientras pensaba ¿Se habrá peleado con el novio?, suponiendo que tenía uno, porque nunca me animé a preguntarle. Y al terminar con el trámite habitual, cuando ya me iba, junté coraje y le dije:

—Si te parece bien este domingo te espero en la plaza y salimos a dar una vuelta en bicicleta, dicen que va a estar lindo — y quedé esperando su respuesta.


La pausa me pareció de horas. Pero mi lectura no estaba errada cuando me respondió: —¿te parece 17:30 —y asentí con la cabeza reiteradas veces, con una sonrisa esculpida en mi rostro, que no se borró en lo que duró ese día.

Llegué a casa y llamé a mi madre para contarle. No es que sea de esos hijos pegotes, pero era la única persona que conocía mis intenciones luego de descubrir los innumerables pinchazos durante una de mis visitas habituales.

—¿No te estarás drogando vos?, mirá como terminó tu amigo, el peladito ese... ¿Nacho, Pancho?

—Cacho mamá. No te asustes, no es nada de eso —. Pero no tuve más remedio aquella vez, que contarle toda la historia.

Realmente sentía en el pecho esa torpeza que se confunde con amor, y necesité compartirlo con alguien, aunque ese alguien fuese mi propia madre, puesto que mis amigos no sabían de esto. Los conocía y conocía sus reacciones ante estas situaciones cursis. Me los imaginé diciendo —Como te gusta complicarte la vida —, —por suerte no es cardióloga, sino, donas el bobo —o cosas así. Entonces, preferí callarlo. No iban a comprender que estaba enamorado de alguien que conocí, por saber mis niveles de colesterol, mis triglicéridos y mi ácido úrico.

Es probable que el día del paseo, me traicionaron los nervios o la ansiedad. Cada tanto ella me hablaba de algo, podía notarlo en el movimiento de sus labios, pero no lograba entenderla, porque en cada pedaleada, en ese esfuerzo cauteloso por girar la corona de mi bicicleta; solo estaba acelerando algún proceso que me arremetía con puntadas como cuchillos, que se clavaban en mi estómago. Ya llevábamos unas cuadras, cuando el sudor se notó en mi frente. La piel, al igual que mis labios, perdían ese usual tono saludable, pero no podía desaprovechar la ocasión que había conseguido tras ese trabajo minucioso. De golpe sentí que no podía más, que era imposible retener y le dije —Te parece si caminamos un poco —. Ella me miró con desconcierto, pero para mi suerte, no se opuso a mi pedido. El alivio fue inmediato.

Cuando giramos en la esquina se nos interpuso un bar. Afuera tenía varias mesas con sombrillas que ya se iban cerrando ante la puesta de sol y con la excusa, del café pendiente, fuimos en esa dirección. Ni bien llegamos, ella encadenó su bicicleta y yo arrojé la mía contra una planta al sentir un dolor que me aflojó las piernas. Pensé —la puta madre, no llego — y sin tanta explicación, le dije —pedite dos cafés — y la dejé ahí... parada. Casi corriendo ingresé al local, seguí derecho hasta chocar con la pared del fondo y me metí en un pasillo donde me fui desplazando con la ayuda de ambos brazos. Recé porque no esté ocupado, porque tenía una sola oportunidad. Cerré los ojos, manotié el picaporte con fuerza y la puerta se abrió.

Mi cara de a poco recobró los marices de mi tez morocha. Y salí airoso, pensando "que no entre nadie rápido al baño". Y lo segundo fue: ¿Me seguirá esperando después de que la dejé sola? Qué clase de enamorado sale corriendo así en una primera cita, sin tomarse el tiempo al menos, de explicar lo que, en este caso, me costaba decir sin caer en lo vulgar.

Casi sin esperanza, la busqué entre la gente que permanecía de pie, pero ya no estaba. La preocupación me ganó y con ello el inevitable desaliento. Hasta que, sin querer, vi unos ojos claros que se cruzaron con los míos y me observaban desde una de las mesas, y nuevamente me sentí en una sola pieza, a pesar que ya no llevaba puesta, mi ropa interior.

jueves, 10 de septiembre de 2020

La decisión correcta



Era inevitable que los recuerdos de Ramiro, su hijo, le causaran nostalgia mientras permanecía sentada en su cama rodeada de fotos. Siempre recurría a ellas cuando andaba de alas caídas, cuando la ausencia de su esposo le pesaba más de lo habitual. Tantos años, que no parecían demasiados, pero todos desparramados sobre el acolchado, deshojaban innumerables historias. Tantas fotos de él jugando a la pelota con la remera de Racing que le regalo su padre, con el disfraz de hombre araña o el de bombero. Otras con bonetes de cartón soplando velas, esa con los primos y de golpe esto. Un cambio tan complicado de asimilar, quizás no para la mayoría, pero sí para ella. No era un capricho así nomás. Necesitaba tiempo para acostumbrarse y procesarlo, porque su tiempo era otro; de otras costumbres, de otros credos. Iba en contra de su educación, de su crianza, de un estereotipo grabado en algún lugar, donde ella no tenía acceso como para ir, apretar un botón y comprenderlo todo. Debía reconocer, que el pedido tan particular de su hijo, no la tomaba por sorpresa. Había tenido quince años mintiéndose a sí misma, intentando negar una realidad que no se permitía ver. Primero se convenció de que él, prefería tener más amigas mujeres, porque con ellas se llevaba mejor; que le gustaba jugar con su ropa y su maquillaje como el resto de los niños; que tenía rasgos delicados, dotados de una elegancia singular; y ahí, traía a la memoria un profesor en sus años de facultad, con rasgos similares, pero que tenía esposa y eso, le daba cierto alivio. Las evidencias habían sido tantas, y tantas insinuaciones de parte de él, pero solo su confesión fue lo único que terminó de convencerla. Tuvo que escucharlo de sus propios labios, decir lo que sentía y cómo se sentía, aunque desgraciadamente, esto terminó en una discusión de frases sin filtro, con gritos y portazos.  

Esa noche, ella quedó atrapada entre las sábanas de tanto dar vueltas, los sueños se interrumpieron con preguntas, ¿Qué dirían en el barrio, o las maestras cuando se enteren en la escuela que su hijo era...? ¿Lo dejarían entrar a la iglesia cuando se sepa?

—¿Que más me podría pasar?, primero la muerte de Jorge que me deja sola y ahora esto, ¿por qué a mí? Si lo crie igual que a Martín y que a Fernando. Y ahí andan los dos con sus familias, con sus hijos, pero este pendejo me sale con esto, ¿a dónde me equivoque, qué hice mal? — se preguntaba en un silencio absoluto.

Cuando recordaba las palabras de Ramiro, debía taparse la boca para retener el llanto, la incomodidad la invadía e incluso por momentos le volvía el enojo. Era evidente que su confusión rozaba el desvarío cuando recreaba la discusión que habían tenido hace apenas un rato:

—¿Cómo que salir a comprar ropa de mujer juntos?, ¿vos me querés matar, hacerme morir de un infarto? ¡Mira!... mira si te escuchara tu padre, no puedo ni imaginarme las cosas que diría.

—¿Por qué no podés ser normal como los demás? — le dijo casi sin pensarlo.

—Yo soy normal mamá. Me gustan los tipos, nada más —.

—Por favor, no me digas esas cosas así, la presión... ya me duele la nuca.

—No es para tanto, te pido que me acompañes a comprar ropa, no a ponerme las tetas.

Cada comentario de él desfiguraba el rostro de su madre. Pero esa negación, y el desgano por comprenderlo, solo hizo, que él se enfurezca y se vaya a su cuarto, no sin antes decirle:

—Mira mamá, te guste o no, me siento así. Homosexual, puto, un marica o como quieras llamarme. Y si no te acostumbras a esto, te vas a quedar sin nada.

—¿Sin nada? ¿Qué me querés decir? ¿A dónde vas a ir? ¡Vení!... vení para acá Ramiro—. Pero quedó hablándole al aire, porque él ya no la escuchaba, puesto que el volumen de la música atentaba con desplomar las paredes de su cuarto.

La semana pasó desapercibida, envuelta en una cotidianidad sofocante, ambos evitando cruzarse. Él comía en su habitación, ella sola en la cocina. Pero su enojo duró apenas, lo que duran los enojos de las madres, porque lo desplazaron sus miedos que no le dieron respiro. Sabía que lo podía perder, porque ir en contra de esa rebeldía, podría dejar una resaca, de las que hacen doler la cabeza. Y en esas charlas con ella misma, donde alentaba posturas y replanteaba reacciones, reconoció su principal miedo. Era el miedo a que lo juzguen, que sufra el rechazo por ser diferente, por ser él mismo. No vivían en una metrópolis, esto era apenas un poco más grande que un pueblo, un lugar lleno de prejuicios, aunque no se imaginó, que existiese algún otro sitio donde esté a salvo de eso, donde las miradas pasen con indiferencia y naturalidad. Sin dudas quería verlo feliz, porque ante todo era su hijo, no tenía otra alternativa, se dio cuenta de que ella, no podía frenar ese sentir, ese cambio que exigía a gritos salir a la luz. Necesitaba acompañarlo en esa dirección, porque supuso que ahora, la necesitaría más que nunca. Porque si ella; la que lo parió, no pudo controlar su primera reacción, mucho menos; iba a poder evitar la reacción de los demás. No sabía bien que hacer, pero de seguro, debía ser algo rápido.

Varios días pasaron y ella intentó hablarle sin captar su atención. Pero llegó el sábado y como cada día, se acercó a la puerta de su habitación intentando doblegar esa resistencia.

—Rami, averigüé un par de tiendas que venden ropa para... chicas adolescentes. Si querés, vamos de una escapada. Podemos ir a pie, total no están muy lejos de casa, y de paso charlamos un poco.

—Ya estuve viendo algo de la vidriera, te va a encantar. ¿Qué te parece?

Ella permaneció parada, casi inmóvil. Necesitaba recuperar a su hijo, sus miradas cómplices, sus caricias, que volviera a confiar en ella, pero la falta de respuesta y la espera interminable la estaban matando. Golpeó la puerta con suavidad y algo de temor. Escuchó la voz de su hijo —pasá mamá, está abierto —. Que le dijera mamá y que, al entrar a la habitación, él se levantara y la abrazara, la llevaron a creer que no se había equivocado.


jueves, 3 de septiembre de 2020

Las dos miradas



No me llamó ni Martincito, ni Tincho, ni Toto como cuando era bebé... sino, Martín. Y esto que parece no decir mucho, es la señal que me avisa de alguna cagada que salió a la luz y debo preparar una buena explicación, que me salve de una posible penitencia. Para colmo, ahora no recuerdo alguna macana reciente; y la última vez que me llamó así, fue hace unos meses atrás, cuando en el campito de la esquina, le di ese puntinazo a la pelota de Mingo.

Me acuerdo como si fuera hoy, un viento asqueroso ese día, impresionante. Se armaban remolinos de tierra, no quiero exagerar, pero parecían mini-tornados remolineando en el poco pasto reseco, que quedaba en ese terreno baldío. Yo le expliqué a mi mamá que no era mi culpa, que la culpa la tuvo el Nutria —Así le decíamos a Rubén, por los dientes— él empezó con las cargadas, me boludeaba sabiendo que había errado un penal muy parecido el día anterior; de esos imposibles de errar. No es que yo era un Maradona pateando penales, sino, por que el arquero era Rulo —algo así como poner un matafuego en el medio del arco—, pero justo la agarré mordida y me salió una masita. Se le podía contar los gajos mientras rodaba la pelota por el suelo. Y como esa tarde —la tarde de la cagada—, Mingo justo avisó que tenía que irse, Baldo desde el fondo gritó —¡el que mete el gol gana! —, y apenas terminó de decirlo, vino la mano adentro el área de Javito que defendía para ellos. Se armó un flor de quilombo. Que era mano contra el cuerpo; que estaba afuera del área y que se yo cuantas quejas más, pero Mingo cobró penal y se la tuvieron que comer. Esta vez, no atajaba Rulo, sino el Nutria, que estaba con el chiste fácil, me decía que me saque las pantuflas antes de patear y otras pavadas que no me acuerdo. Me empezó a brotar una calentura de solo escucharlo. Las orejas se me pusieron coloradas y lo miré con bronca, mejor dicho, con odio. Sentía el viento que me empujaba por la espalda, animándome a que vaya a cagarlo a piñas, pero preferí enfocarme en el arco. Cuando lo miré, lo vi mal parado, recostado un poco sobre la izquierda y la tierra en el aire le obligaba a entrecerrar los ojos. Acomodé la pelota, tomé los cinco pasos de distancia que siempre acostumbraba a tomar para patear penales. Cuando comencé la carrera con los dientes y los puños bien apretados, le sacudí un zurdazo y la agarré de lleno con la punta del botín. Salió un balinazo que se metió justo donde tejen las arañas. El Nutria ni la vio. Y cuando me preparé para desatar mi festejo con sabor a revancha; la sonrisa se me fue borrando, al ver la trayectoria de la pelota, copiar la forma de una banana, y por más que hiciera fuerza con los ojos o con todo mi cuerpo intentando desviarla, fue directo a la ventana del viejo Corbalán, mientras los muchachos acompañaban a coro con un: —¡¡¡Huuuuuuhh!!! —. 

Por suerte no rompí ningún vidrio, aunque fue una suerte a medias, porque paso algo peor. La pelota entró silbando por la ventana, que estaba abierta de par en par, porque justo ese día de mierda, al viejo se le habrá ocurrido ventilar la casa o vaya a saber por qué la tenía así. Pero con tanta mala suerte, que fue a dar en el jarrón de Estercita —así le decía él—, pero no le decía así porque el jarrón fuese de su esposa, sino, porque era un regalo traído de afuera y en su interior descansaban las cenizas de Doña Ester, que terminaron esparciéndose vaya a saber por dónde, con semejante ventarrón. Nosotros, al escuchar el estallido de algo romperse en mil pedazos, sin saber que era exactamente, nos alzamos a la mierda, como cuando solíamos romper el foco del alumbrado público a gomerazos, o cuando Catalina, nos descubría robando mandarinas colgados del tapial. El único que quedo parado en medio de la cancha fue Mingo que, no quería perder su pelota por nada del mundo. 

—Dejala Mingo, otro día la venimos a buscar, vamos antes que salga el viejo —le dije, para que mi acto cobarde, no me cargue de tanta culpa. 

Uno lo piensa ahora en frío y dice: —¿Cómo lo pudimos dejar solo a Mingo? —, pero que se le va a hacer... si la pelota ya estaba en las últimas. No era una tango plastificada de las nuevas, las que pasaban en la tele. Era un huevo de gajos gastado, que, entre las costuras, ya se asomaba la cámara inflada.

Pero lo que no pude saber en ese momento, era que Mingo, en esas ganas ciegas por querer recuperarla, hizo lo que cualquier chico de once años habría hecho en su lugar... me entregó al mejor estilo Judas después que el viejo Corbalán, volvió del almacén y lo encontró hurgando en su casa. 

Después de eso y tras notar lo del jarrón, no le quedó otra que mandarnos al frente para limpiar su nombre y justificar el hecho de meterse a una casa ajena sin permiso. 

A la hora, más o menos, sentí que golpeaban la puerta. El grito me llegó como un sopapo, previo a los que se vendrían después. Era un grito parecido al que acabo de escuchar recién, con el mismo tono. —Martiiiin —pero sonaba más a una "e" —Marteeen —grito desde la puerta mi mamá y salí de mi pieza con las manos en la espalda, como el que pega una patada y sabe que se puede venir la tarjeta. Llegué a la puerta y lo vi al viejo Corbalán parado, con una mirada que creí conocer. Parecida a la del día anterior, la que traje después de errar ese penal casi imposible. Una mirada apagada y creí reconocer su angustia. No estaba ahí para reclamar un jarrón nuevo, ni mucho menos, las cenizas de su esposa. Solo se apareció para decirme sin palabras, que había roto algo mucho más delicado, más personal e irreparable. A mostrarme como mi descuido, había desaparecido de un plumazo y para siempre, el objeto que lo conectaba con su esposa. Ese que hacía que ella de alguna forma, siga presente en esa casa o tal vez en su cabeza, y no supe retrucar esa situación. Porque si me hubiese culpado apenas me tuvo enfrente, con un enojo razonable después de lo que hice, hubiera podido desviar la acusación. Echarle la culpa al viento o alguno de los chicos o que la era pelota ovalada; pero ante ese silencio que no esperaba, ante ese gesto vacío, no podía hacer nada más que quedarme parado mirando algo que no había visto hasta ese día: ver un hombre mayor, llorar con lágrimas de un niño, mientras me mostraba pedazos del jarrón que traía en sus manos huesudas y así, sin decirme ni una sola palabra, dio media vuelta y se fue caminando. 


martes, 25 de agosto de 2020

El pueblo de los milagros


Pocas cosas sucedían en Taibuará, un pueblito ubicado en las sierras Cordobesas de poco menos de quinientos habitantes. Era de esos pueblos donde todos se conocen con todos y se saben hasta el color de los calzones. Sus calles eran de tierra y ripio, salvo una manzana completa cubierta de adoquines, donde se ubicaba la plaza principal y cruzando la calle se llegaba a la comisaría, al banco, a la comuna y a la iglesia del padre Mario que daba misa cada domingo. La mayoría concurría a esas reuniones religiosas y se le daba cierta notoriedad a lo que decía el cura párroco, considerando que, en la punta de la cruz de la iglesia, había colocado una antena que amplificaba la señal de su radio y le permitía mantenerse actualizado con lo acontecido del mundo exterior. Tras finalizar la misa leía algunas noticias de actualidad política, sociales, deportivas y algunas veces incluso hasta noticias de la farándula, porque sabía que eran del agrado de los Taibuaranos. 

El primer milagro sucedió una noche, cuando tocaron el timbre en la casa de María y dejaron un bulto en su entrada apoyado sobre el suelo. Ella al principio pensó que eran los hijos de Suárez; el casado con la viuda Pinto, que vivían a dos cuadras de su casa y siempre a esa hora jugaban al ring raje, pero cuando asomó por la ventana y vio la canasta tapada con una frazada tejida que daba movimientos ondulantes como si debajo hubiera un fantasma, abrió la puerta y caminó con cautela hasta acercarse lo suficiente. Al quitar la frazada de un tirón, se sorprendió de hallar a un niño, quizás de unos cuarenta y ocho meses
que atinaba a cubrirse la cara con sus manos. En la canasta no había carta, ni servilleta, ni nada que explique el motivo de ese abandono o algo que sugiera al menos, su nombre. De inmediato se agachó a contener a la criatura y le pidió a su marido que venga urgente.

—¡¡Viejo... viejo, mirá lo que nos dejaron!! — gritó emocionada.

Sentado en el patio estaba Juan José Quintana, y tras haber terminado su jornada laboral en la carpintería de aluminio, descansaba en su reposera, mientras se espantaba las moscas con una ramita del sauce llorón. Al escuchar a su esposa se levantó de un salto y le respondió.

—¿Qué pasa María? No me digas que otra vez nos vino el doble de luz. A estos de EPEC siempre se le escapa la lapicera.

—¡¡Pero no viejo!!, ¡es un niño!, ¡nos dejaron un hijo, un milagro de Dios! —dijo mientras se le llenaban los ojos de lágrimas y perdía su mirada en el cielo.

Juan José, supuso que el mensaje le había llegado a sus oídos distorsionado y fue hasta la entrada para comprobar él mismo, que su mujer no esté delirando. Efectivamente al llegar el niño se encontraba recostado —o tal vez encajado— en esa canasta de mimbre y sin dudarlo, lo llevaron a la mesa del comedor entre los dos.

María y Juan José no habían podido concebir hijos y ahora ella con sesenta años y él con sesenta y cinco veían su sueño realizado. Comenzaron a hacerle preguntas, pero el niño no respondía, aunque se percibía a través de sus ojos marrones y su ceño fruncido, el temor de ese mundo nuevo para él.

—¿Qué nombre le vamos a poner María?

—El único que se ocurre es este momento viejo... Jesús... Jesús Quintana.  

Y sin más que decirse, así quedo anotado en el registro civil.

Con el tiempo, el niño se dejó acobijar por el cariño incondicional de sus padres adoptivos. No hablaba mucho, pero cuando se presentaban visitas, directamente no hablaba nada. Era la sombra de María, lo tenía ahí atrás, pegado en el culo como si fuera una extensión de ella misma. Cuando ingresaban al almacén o la farmacia de Don Uribe, se le prendía a una pierna tapándose la cara con la pollera de su madre para no ser visto. Esa era la frase que lo definía, no quería ser visto por nadie. María pensaba que fue por el trastorno de su abandono o tal vez nació con una vuelta de cordón, algo tan común en aquella época; porque de otra manera no se explicaba cómo podía ser tan chúcaro ese chico.

A medida que fue creciendo, estos hábitos de niño retraído no desaparecieron, por el contrario, se fueron acentuando con firmeza e incluso fue incorporando otros. Estas situaciones se repetían a diario, pero Jesús no podía evitarlas. Él no controlaba ese calor detrás de las orejas, el sudor en sus manos, los retorcijos en el estómago, el palpitar acelerado en su pecho. 

Terminó la primaria inadvertido, camuflándose con los objetos del salón, para no ser elegido en los actos del colegio. Sin relacionarse mucho con sus compañeros, que nunca se cansaban de jugarle bromas de mal gusto por su condición. Ni hablar de las mujeres —eso sí que hasta daba vergüenza ajena—, pobre Jesús, tartamudeaba y abría los ojos grandes, como si eso le ayudara a escupir alguna palabra de su boca, pero resultaba en vano. Era estar enfrente de la silla eléctrica, pero vestida de pollera y zapatos.

María seguía buscando una cura para la afección de su hijo que la tenía preocupada. El último manotazo de ahogado lo dio al confesarse con el padre Mario y éste le reveló que su hijo podía estar poseído o algo por el estilo. Llegó a darle una botella de agua bendita para que tome entre las comidas y rece un Padre nuestro después de cada trago.

—Si no lo curamos con esto no lo curamos con nada —le dijo el religioso.

Fue Juan José, quién tomó la botella y mientras regaba las flores con el agua bendita, desistió de esos intentos absurdos y dejaron de someterlo a los delirios del cura, o a los consejos de sus vecinas o de Doña Greta, la curandera del pueblo. Listo... no era el chico más despabilado de Taibuará, pero era su hijo y lo debían aceptar como se los había entregado Dios.

El problema vino después, con la batalla de 1989, también conocida como la batalla de traslasierra. Al parecer fue por diferencias entre dos gremios que ese año pisaban firme por el incremento turístico. El VPG, que pertenecía a "los Vendedores de Pochoclo y Garrapiñada", contra los de la doble AA, que representaban a los vendedores de "Algodón de Azúcar". Según se cree, el conflicto surgió porque uno de los gremios colocó más puestos de los convenidos en una fiesta de Lonja y Guitarra que se celebraba en la localidad de Cumpayata, en el predio del club Sportivo Serrano, o al menos, es lo que dijo el padre Mario en la misa del domingo.

Aquellos mayores de dieciocho años fueron reclutados para luchar en la batalla, a pesar de que en Taibuará, el rubro que destacaba era el de los vendedores de girasol salado y puflitos. Pero al no tener un gremio que los represente, los terminó absorbiendo la doble AA y los obligaba a combatir a su lado. Todos partieron menos Jesús, que aún teniendo veinte recién cumplidos, tenía pie plano, algo muy mal visto en la milicia. Aunque María suponía que no le dio el coeficiente por no responder a las preguntas que le hacían en la inscripción.

La soledad y la angustia se adueñó de Taibuará. Al principio las mujeres escribían a diario a sus esposos preocupadas por su destino incierto, pero a medida que la espera se extendía con el correr de los días, la ansiedad se fue calmando y una persona comenzó a tomar notoriedad en el pueblo. Solo bastaba con escuchar en la misa al padre Mario cuando decía: "Y Jesús vino a recoger nuestras lágrimas...", para que un murmullo despertara alguna risotada, en las juveniles esposas de aquellos soldados que defendían su patria.

Para esa altura, Jesús se dedicaba a realizar pequeños trabajos de carpintería y albañilería, cambiaba cueritos de las canillas, limpiaba graseras, arreglaba la mochila de los baños, en fin, era un poli-rubro por demás de demandado en esas épocas, donde las tareas de arreglo domésticas las realizaba el hombre de la casa. Por eso, cada vez con más frecuencia, Jesús era solicitado por esas mujeres desahuciadas, que no se acostumbraban a la soledad de sus hogares y se disputaban los servicios de aquel caballero de pocas palabras, pero de gran corazón.

La batalla de traslasierras duro apenas tres meses, dejando un saldo de cuatro muertos. El primero fue por una peritonitis aguda que se complicó por dejarse estar, otras dos por una escarlatina fulminante, y la cuarta, un paro cardíaco que se lo atribuyeron a un caso paranormal de luz mala. El motivo de alto el fuego, se dictó por los precios elevados que desencadenó la hiper-inflación de Alfonsín y se hacía imposible comprar municiones. Y a tan solo tres semanas de iniciada la contienda, solo les quedaba dinero apenas para abastecerse con gomas de suero y horquetas que obtenían de los árboles con las que se hacían gomeras. Dejando una estela de heridos cada vez que se cortaban las gomas y les castigaban los ojos, por su inevitable estiramiento exagerado intentando alcanzar algún contrario.

Cuando los soldados volvieron con sus familias, Taibuará recuperó ese tinte de pueblo tranquilo sin demasiados sobresaltos, de no ser por numerosos e inexplicables nacimientos prematuros de cincomesinos y seismesinos, donde lo atípico de estos casos tan particulares, era que sus madres parían bebes de casi cuatro kilos perfectamente desarrollados. Era el comentario del pueblo, y en la misa del Domingo, las mujeres se ruborizaban y sus miradas expresaban cierta incomodidad, cuando el cura de reojo las observaba y abría los brazos diciendo en voz alta, —Queridos hermanos, no cabe dudas que Jesús es el padre de estos milagros
, demos gracias al señor, Amén —.

jueves, 20 de agosto de 2020

La ejecución de un hombre inocente

Cubrir asesinatos, parecería ser una tarea que no se amolda a personas sensibles o de corazón blando, pero al periodista Ned Stuart esto le calzaba a la medida. Redactaba columnas matutinas para el diario The News, en el estado de Texas. Si bien sus artículos eran un tanto sensacionalistas y muchas veces polémicos, se debía en gran parte a que, la redacción se realizaba en primera persona. Como si fuera el lector, quien perpetraba cada asesinato, y esto que parecía algo fuera de lugar, cumplía con creces su función: vender más ejemplares. Y eso a los directivos del periódico les generaba una gran satisfacción. 

Como cada mañana se levantó temprano, y tras desayunar sus huevos con tocino y salchichas, revisó las noticias que acontecían, no solo en el ámbito local, sino también, internacional. Destacaba en esa forma tan singular muertes poco comunes. Esos casos que serían imposibles de encajar en la mente de una persona estable, y harían que un adulto, revise el seguro de puertas y ventanas antes de irse a dormir. 

Cuando terminó de elaborar su columna diaria, que más tarde envió a la editorial, continuó respondiendo algunos correos, entre ellos, uno enviado por el abogado defensor de William Bullet, un presidiario del pabellón de la muerte que le pedía con notable insistencia su visita, para coordinar una entrevista conociendo su estilo tan particular de redactar, pero con la condición de que nadie de su entorno, ni siquiera su familia, debía tener conocimiento de estos encuentros. 

No se trataba de cualquier preso, sino del Asesino de Dallas que, había invadido tapas de periódicos y revistas cuando sus crímenes salieron a la luz y en los cuales alegaba que una voz interna le ordenaba cometer estos actos. El misterio aún sobrevolaba los casos, pues, no se habían hallado todos los cuerpos de sus víctimas. Es por eso que Ned se tapó la boca con la mano, cuando casi escupe el café sobre la pantalla al leer la propuesta. Realmente esa información le sumaría gran valor a su carrera, para que su nombre trascienda en los medios e imaginó nuevas propuestas laborales, o al menos, mayores ingresos para cambiar su vieja Chevy o mudarse a un barrio mejor. Sin dudas, era la posibilidad para impulsar ese libro que había postergado desde hace tiempo, primero por la mudanza, luego la convivencia y por el nacimiento de su hija. Sin pensarlo demasiado se acomodó los lentes y comenzó a redactar el correo aceptando el pedido, y de inmediato, hizo pleno uso de sus contactos para tramitar los permisos.

A la semana siguiente se encaminó rumbo West Livingston, a la unidad penitenciaria para su primera entrevista. Tras pasar por varios controles, finalmente se adentró a ese lugar donde confinaban a los criminales más peligrosos del condado. Caminó a través de un pasillo sombrío y la humedad del encierro se filtraba por su nariz, junto a la esencia de historias manchadas con sangre rondando como fantasmas. El eco de sus pisadas retumbaba junto al cascabeleo de las llaves del guardia, que lo acompañó al cuarto sin ventanas donde se efectuaría la entrevista. William Bullet ya se encontraba esposado a la mesa, esperándolo sentado, mientras mantenía unidos sus dedos como formando una esfera con ambas manos. Ned abrió su portafolio y sacó un anotador. Colocó sobre la mesa el trípode con su filmadora, y se sentó mientras movía en un vaivén constante, el lápiz con sus dedos. El guardia se retiró y los dejó solos. El soplido descoordinado de sus respiraciones se mezclaba en un silencio incómodo. El entrevistador observó por varios minutos a su entrevistado que se hallaba frente a él con la mirada fija en algún recuerdo o inmersa en los deseos propios de una mente perturbada. Cuando William Bullet pudo escapar de ese trance, se dirigió al escritor con la voz rasposa y pausada. Primero agradeció su presencia y luego replicó: —Estimado Ned, el tiempo se a vuelto un enemigo más —. Efectivamente, restaban apenas tres meses antes que su ejecución programada se lleve a cabo y se convierta otra vez en tapa de todos los diarios. Ned, solo acentuó con la cabeza evitando demostrar admiración a semejante personaje y dejó en claro que lo dicho en la entrevista sería utilizado para su libro. William Bullet tras escuchar esto, endureció la mandíbula y murmuró por lo bajo. Su incomodidad era difícil de disimular, pues, las intenciones de que sus asesinatos se publiquen en The News, contados con su propia voz, se veían borrosos ante esta noticia. No obstante, recuperó su postura, miró a la cámara y comenzó a narrar los hechos, mientras, los pensamientos de Ned se dispersaban de a ratos por la ansiedad de escuchar una frase que le provea de un buen título a su libro.

Durante la primera entrevista William Bullet se remontó meses antes de las muertes, donde aún trabajaba como gerente en un supermercado de siete a dos de la tarde, compartía cervezas con amigos, regresaba a su casa a almorzar con su familia e incluso ayudaba con las tareas escolares de sus dos hijos. Algo con lo que Ned pudo empatizar, pues le sonaba tan familiar y a la vez tan alejado de ese perfil criminal, capaz de robarle el aliento con el filo de una hoja a cualquier desprevenido. Sin embargo, aquel relato no era tan meticuloso o convincente como sí lo eran sus crímenes. Carecían de nombres, direcciones y fechas precisas. Eran como anécdotas mal narradas o peor aún, inventadas, por lo que Ned interpretó que detrás de aquel pasado dudoso, William Bullet le ocultaba algo o quizás le contaba una verdad a medias que le impedía conocer el trasfondo de su historia, e identificar el punto donde se produjo la ruptura de su psiquis. Cuándo la vida de los demás dejó de importarle y se transformó solo en una frágil palabra que, podía borrarse con el revés de su puño. 

Las siguientes visitas reflejaron la crudeza que exponían los periódicos en aquellos días, pero visto desde adentro, con la voz de cazador mostrando los colmillos y luciendo en los ojos un brillo letal al rememorar cada muerte. Fueron días en que los datos explícitos del Asesino de Dallas hacían que Ned tragara saliva de solo escucharlos. Podía imaginar con claridad como el cuchillo cortaba la piel y luego la carne; sentir el sonido de la pala clavarse contra la tierra arenosa donde enterraba las víctimas. Cada nueva semana, su mente retorcida revivía cada minúsculo movimiento como si fuera una película de Alfred Hitchcock. Ned, podía percibir con nitidez la expresión de esos rostros mientras se les escurría entre los dedos sus propias viseras y esas súplicas, esos gritos de auxilio que no llegaban a oídos de nadie. William Bullet le fue contando cada detalle de lo sucedido en esas noches, aunque le aclaró que el paradero de los cuerpos, se lo revelaría más adelante, cuando él lo creyera conveniente. 

Ned no podía mantenerse ajeno a las declaraciones que escuchaba y observaba reiteradas veces desde su filmadora mientras retomaba el camino a su casa, o mientras transcribía cada palabra en su laptop. Con el transcurrir de los días su sonrisa se fue desdibujando y su comportamiento ensimismado lo llevaba a esquivar preguntas o cuestionamientos de su esposa. Pasaba hora tras hora encerrado en su oficina, mientras fumaba y permanecía sentado pensando cada frase, reviviendo dichos y en algunos casos se le presentaban sueños de muertes que aún no le habían sido conferidas, dejando la duda de una extraña premonición o el atisbo de una locura temprana. Parecía haber abierto una puerta que ya no se podía cerrar y la sombra de ese asesino se le filtraba por las hendijas. Se alimentaba de sus logros, de las cosas simples que le daban felicidad, de sus amistades y aunque él ya comenzaba a darse cuenta de ello, necesitaba llegar al fondo de todo este asunto.

El tiempo consumió las semanas y Ned acudió a la última entrevista pactada. Supuso que  averiguaría la ubicación de los cuerpos y se libraría de esa pesadumbre que lo empujaba a su propio exilio. Entró al cuarto, pero esta vez la escena se alejaba levemente de lo habitual. En esta ocasión, William Bullet permanecía somnoliento con la cabeza gacha. Cuando el guardia se retiró, él levantó su mirada despojada de esa frialdad y esa templanza que le eran comunes. Comenzó a repasar el techo y las paredes, observaba el atuendo naranja que lo vestía e intento en vano forcejear los grilletes de sus muñecas. Luego, se enfocó en aquel hombre sentado frente a él, que, para ese entonces, fijaba la mirada perdida en algún punto en la pared. Tras reaccionar, Ned colocó los codos sobre la mesa, juntó ambas manos en forma de esfera con los dedos unidos y tras apagar la filmadora, dijo con vos rasposa: —Estimado William, no hay nada más que agregar a la entrevista. El diario The News, se alegrará de tener la primicia de los cuerpos desaparecidos, damos por finalizada esta última sesión —.   


lunes, 10 de agosto de 2020

La Mecedora


Úrsula había muerto hace casi dos años por un cáncer que la consumió súbitamente, pero aquella casa de rejas antiguas y paredes cubiertas con enredaderas, seguía manteniendo viva su esencia. Las rosas del jardín denotaban un cuidado singular, cuando Saúl, su marido, rara vez recordaba regarlas. El perfume de su piel perduraba en las sábanas y en la ropa aún guardada en el placard. Todo se conservaba en su lugar.  recuerdos que formaban parte de un pasado no tan lejano. Como ese cuadro de marco labrado, que se hallaba colgando en una de las paredes del living, justo encima del hogar, y donde ella misma se había hecho retratar por un pintor desconocido. En aquella pintura se la observaba en su vieja silla, una mecedora de madera lustrada herencia de su padre, que Úrsula utilizaba a menudo, pero en el ocaso de su días, se había convertido en su única distracción. Se sentaba por horas sumergida en la lectura y observaba a través del ventanal su jardín de rosas, mientras acariciaba a su gato negro que ronroneaba sobre su falda cuando ella se mecía. Ese cuadro desbordaba tanto realismo, que al caminar frente a él, daba la impresión un tanto siniestra, de que esa mujer los seguía con su mirada fría, sin importar donde uno se ubicara.

El vínculo entre Úrsula y Saúl fue muy estrecho. Con altibajos como todas las parejas que duran cuarenta y cinco años en matrimonio, pero siempre se los veía juntos. Él era un hombre apuesto a pesar del notable paso del tiempo y ella, había sido de ese tipo de mujeres que no permiten que su marido acuda solo a una reunión donde haya una presencia femenina. Se rumoreaba que Úrsula, era capaz de intimidar a quien sea, cuando se veía amenazada por la belleza de otra mujer. Exponiendo un deseo de control que convertía esa relación por momentos, en algo enfermizo, pero que se fue atenuando con el inevitable avance de la vejez. Del fruto de ese matrimonio, concibieron a tres hijos y con ello, siete hermosos nietos que los visitaban cada fin de semana. Y si bien a los pequeños les encantaba corretear por toda la casa, subiendo y bajando escaleras, había una sola cosa que no se les permitía: jugar con la silla mecedora de su abuela, porque esto a Úrsula le cambiaba notablemente el humor.

Luego de transitar su duelo, Saúl, había comenzado a tener pláticas cada vez más frecuente con Luisa, una vecina que vivía en un edificio enfrente y al igual que él había enviudado. Primero conversaban desde veredas opuestas y como se sintió contenido y acompañado tras esa pérdida reciente, comenzó a ir una vez a la semana a tomar el té y de a poco fueron abordando otros temas, quitándola a Úrsula del eje y se enfocaban más en gustos que ambos compartían y cosas que no merecían un análisis profundo. Hasta que una tardecita de despedidas con besos en la mejilla, él tomó coraje y la invitó a cenar a su casa un domingo, dándose con esto, la oportunidad de abrir una vez más su corazón y despojarse de esa soledad que en la inmensidad de su casa, parecía tan marcada. Llegó el día y Luisa golpeó a su puerta, pero Saúl aún no estaba listo. Y no porque no tuviera interés por aquella primera velada después de mucho tiempo, sino, porque sus hijos le habían ido a visitar y se quedaron hasta tarde aprovechando el día soleado que se les presentó y no quiso insinuarles que se vayan, por miedo a levantar sospechas y por desconfiar que esa noticia no fuera bien recibida en la familia. 

Tras expresarle unas justificadas disculpas, la hizo pasar y le pidió que lo aguarde un instante sola, mientras se duchaba rápido. Ella se quedó en el comedor observando el buen gusto de la difunta por los muebles de roble, las bandejas de plata, la alfombra persa ubicada en el living y la elegancia de los candelabros de cristal que colgaban del techo iluminando la sala. Hasta que se acercó al ventanal a observar los rosales del jardín y descubrió a un costado la silla de la que Saúl tanto le había hablado. Tentada por la curiosidad, su primera reacción fue la que cualquier persona tendría ante un objeto tan poco común, comprobar por ella misma su aparente comodidad. Aprovechando que él no la observaba, se sentó con prudencia, reclinó su cuerpo sobre el respaldar y comenzó a mecerse con suavidad. Mientras tanto, Saúl, casi a punto de terminar de ducharse, se preguntaba hasta donde era capaz de llegar con esta relación o si se sentía preparado para iniciar algo a su edad, pero ignoró sus cuestionamientos y dejó el río tome su curso. 

Finalmente cerró ambas canillas y cuando el sonido del agua cayendo cesó, un grito provino del comedor. Sin dudarlo se envolvió en una toalla y entreabriendo la puerta del baño preguntó algo asustado —¡¿Luisa, te encuentras bien?! —, pero su pregunta quedó flotando en los silencios que envolvían a la casa. En un segundo grito le dijo, —¡Ya voy para allá! —, alertando que debería aparecerse con la toalla en la cintura y el torso descubierto. Bajó la escalera con cautela pues sus pies estaban húmedos. Llegó al comedor y la vio a Luisa de espaldas, sentada en la silla de Úrsula, —¿Luisa...Luisa? — repitió su nombre preocupado, pero ella no movió un solo músculo. Se acercó con notable nerviosismo hasta donde estaba la mujer y cuando alcanzó a verla de costado, la escena macabra lo paralizó. Luisa estaba pálida y sus labios arrugados, los brazos y sus manos tiesas, como cubriéndose de algo. Pero lo que más lo aterró, fue la expresión petrificada del gesto en su rostro, que reflejaba el horror, como si la muerte le había llegado de la peor manera posible. Saúl no entendía que pudo pasar en ese corto lapso y sin esperar más, pidió ayuda, aunque la ambulancia solo llegó para confirmar lo que era obvio, Luisa había muerto de un paro cardíaco y no había nada que se pudiera hacer al respecto.

Tras retirar el cuerpo, dejaron a Saúl solo, pues no quiso llamar a sus hijos para no preocuparlos y, además, no tenía la mínima intención de contarles que hacía esa mujer en su casa. ¿Qué fue lo que pudo desencadenar esa muerte?, no lo sabía. Recorrió con la mirada una vez más el comedor donde todo había ocurrido y apagó la luz, giró en dirección a las escaleras y casi mezclándose con el sonido de sus pasos, se escuchó el crujir de las patas de maderas de la mecedora, iluminada por la claridad de la luna que entraba por el ventanal, y un escalofrío le recorrió la espalda y subió por el cuello, cuando después de un salto sobre la silla, el gato negro de Úrsula comenzó a ronronear.


Amor en la mira

Ella sintió como su mirada se le clavaba en la nuca. Jamás lo había visto, o al menos eso creyó hasta girar sobre sus talones. Ese brillo ca...