Cuando la pelota empezó a descender, una voz adentro de Pancho le susurró “Guarda, Pancho, cuidate. Haceme caso y no saltés que esta noche tenemos la fiesta”.
Él sabía
que si se lesionaba, Sol pondría el grito en el cielo. De hecho, revivió en su mente
la última discusión que tuvo esa misma mañana:
—Más
te vale llegar a horario y sin un raspón, o te quedás soltero.
—¿Por
qué decís eso, amor? —preguntó Pancho mientras metía los botines y las medias del
Jockey adentro del bolso de viaje.
—Y,
por qué va a ser… “Amor”. Si fuera tu “Amor” no te irías sabiendo que esta
noche estamos de casorio “Amor”. ¿Y todo por qué? por un partido de rugby. ¿Qué
querés que te diga? —Sol puso un tono burlón— Andá y divertite, Panchito, total
si te quebrás una pierna nos quedaremos sentados como dos hongos mientras los
demás bailen y se diviertan y salten y sean felices.
—Es
que yo soy el capitán. No les puedo fallar. ¿Qué va a pensar el equipo?
—¡El
equipo que piense lo que quiera! Hace cinco años que vengo escuchando el cuentito
del equipo y el capitán y el ejemplo y los valores y qué sé yo. ¿Acaso nosotros
no somos un equipo, también?
Pancho
sabía que, si contestaba de forma incorrecta esa pregunta envenenada, podría originar
un cataclismo de proporciones bíblicas. Por eso dejó que se calmen las aguas, y
después de cerrar el cierre del bolso, le dijo:
—Vos
no te preocupés, Solcito, que a las ocho en punto nos encontramos en la iglesia.
Confiá en mí.
Aunque
Pancho quiso desligarse de la jugada, la pelota tenía otras intenciones, y como
un teledirigido fue directo hacia su posición. Él retrocedió dos pasos, miró hacia
atrás y lo vio a Rafa con las rodillas flexionadas y las manos como dos garras dispuestas
a levantarlo para atrapar la guinda.
Pancho
se elevó y descolgó esa pelota del cielo, y no bien lo bajaron empezó a correr —ciento
doce kilos en velocidad— hacia el centro de la cancha. Miró al frente y vio que
el apertura de ellos ya lo estaba encuadrando para taclearlo, así que amagó un
pase afuera, y cambió de dirección, apuntando al banderín del ingoal. Atravesó el
malón de jugadores contrarios, pero aún quedaba uno más: parado cómo último
hombre lo esperaba el octavo, que se había retrasado para recibir una posible patada
que nunca llegó.
Ahí
estaban por disputar ese mano a mano. Pancho buscó con la mirada uno de los suyos,
pero no tenía a quién pasársela y tampoco le quedaba aire para andar esquivando
a nadie más. Apretó la pelota contra el pecho y mordió el protector bucal como
si fuera un Beldent de menta, dejó caer el cuerpo hacia adelante, y antes de
que pudieran taclearlo, le apuntó al octavo entre el cuello y el hombro, y de
un topetazo lo hizo trastabillar hasta caer de espaldas.
La
hinchada del Jockey coreaba su nombre: “¡Pancho, Pancho, Pancho!”, y él volvió
con el pecho inflado tras anotar ese try con festejo de palomita rasante: un festejo
provocador totalmente innecesario, teniendo en cuenta que ya ganaban 125 a 3.
No
había que ser un erudito del rugby para darse cuenta de que las miradas del
equipo contrario ya no eran miradas de desgano, de saberse derrotados; ahora
esas miradas eran las de un rottweiler rabioso y sediento de venganza.
El
apertura de ellos caminó hasta el centro de la cancha para patear la salida que
recibiría el Jockey Club. Miró a su octavo y le cabeceó hacia donde iría la
guinda, y este le devolvió el mismo gesto acompañado de una leve sonrisa siniestra,
que podría traducirse como un simple OK o como una señal en códigos
utilizada por algún clan de sicarios.
Se
repetía la misma situación: la pelota marcó una parábola en el aire y empezó a
descender, otra vez buscándolo a Pancho. Con el atenuante de que al extenderse él
en el aire —con la ayuda de Rafa—, esta vez la pelota lo sobrepasó un poco y
tuvo que exigirse para agarrarla. Estando suspendido en la altura, pudo ver como
el octavo de ellos venía con un inusual galope de toro suelto en las calles de
San Fermín. Tenía la cara desfigurada de bronca —posiblemente por comerse el
try en la jugada anterior— y parecía dispuesto a remediar su error de cualquier
manera.
Antes
de que los pies de Pancho siquiera rozaran el pasto, el toro lo embistió en las
rodillas y Pancho giró como las monedas que se usan en el sorteo para ver quién
elige cancha. Dio dos vueltas y media y cayó invertido, impactando con el
parietal derecho y sin ningún indicio de reacción.
Un
silencio sepulcral en las dos tribunas delataba la gravedad de la falta. Silencio
que duró apenas segundos, antes de que los reclamos de la hinchada del Jockey Club
bajaran como dardos ¡Lo viste árbitro, lo viste …! ¡Mínimo es tarjeta roja eso …!
¡Borón bombón, borón bombón, al ocho de ellos, suspendanlónnn…!
Los
compañeros de Pancho no se animaron a moverlo por la extraña posición en que se
encontraba: era una marioneta sentada sobre su propia cabeza, y la cola le apuntaba
al cielo.
El médico
vino corriendo, abrió los brazos en un claro gesto de alejamiento, y les dijo:
—¡Espacio
muchachos, necesito espacio! A ver, dos forzudos que me ayuden a recostarlo en
la camilla.
El
médico lo tomó del cuello para evitar un movimiento brusco, y con la ayuda de los
jugadores lo giraron como si desmoldaran un flan sobre el plato. Pancho estaba aturdido,
recostado sobre la camilla y apenas pestañaba.
Él
médico le hizo preguntas, y Pancho pudo contestarlas, pero algo raro se leía en
su mirada, como si él no fuera él. Por precaución lo sentaron a un costado, y
lo siguieron atendiendo.
—¿Cómo
estás, Panchito? —le preguntó agitado el entrenador, después de venir corriendo
desde el banco de suplentes.
—Creo…creo
que bien —respondió Pancho mientras se masajeaba el cuello—. ¿Van perdiendo? —.
Y señaló a los jugadores.
—¿No
te acordás, rey? Acabás de marcar un try. Estamos ganando por más de cien. —Pancho
entrecerró los párpados, como sospechando una mentira—. Ya te vas a acordar… eso
espero, o tu novia nos mata si te devolvemos en esta condición.
—¿Qué
novia? ¿Cómo llegué hasta acá? ¿Y… vos quién sos?
—¡Haaa
la pipeta! —dijo el entrenador y se pegó con la mano en la frente—, esto es peor
de lo que imaginaba.
No
bien el médico oyó a Pancho, le palmeó el hombro al entrenador y lo apartó:
—Vamos
a tener que llevarlo al sanatorio, señor —le dijo y señaló hacia la camilla—. A
este muchacho hay que hacerle una tomografía y dejarlo en observación hasta
mañana. Para quedarnos tranquilos y evitar problemas.
—Evitar
problemas… —repitió el entrenador soltando el aire con desgano—. Créame doctor que
si no llevo a este chico a Venado Tuerto para las ocho de la noche, los
problemas van a convertirse en problemones. Y perder la memoria va a ser el más
leve de sus males.
—No
me diga —dijo el doctor, como tomándole el pelo—¿Acaso la abuela cumple cien
años? ¿se casa la hermana y él es el padrino de la boda?
—Ojalá
fuese eso, doc. Ojalá. Usted no se preocupe que nosotros nos encargamos.
—¿Ustedes
encargarse de qué? Este jugador está bajo mi responsabilidad. Soy el médico.
—Lo
sé, doc, lo sé —dijo el entrenador y le guiñó el ojo—. Mire, le propongo esto:
yo lo subo a Pancho al colectivo y lo llevamos a Venado, lo ayudamos a colocarse
el traje, lo acompañamos hasta la puerta de la iglesia, y después que entre
caminando y diga lo que tenga que decir, lo llevamos a un sanatorio y que lo
revisen de la cabeza a los pies.
—¡Ah,
sí! ¿Y qué sería eso tan importante que tiene que decir?