En la agonía del primer tiempo entre Argentina y España empezó a rondarme en los sesos, Italia 90. En aquella final también se plantó un equipo argentino diezmado físicamente, condicionado por las batallas de partidos anteriores, y a pesar de todo la bancaron a puro coraje. Sufrimos atrincherados en el área grande esperando llegar a la definición desde el punto de penal: teníamos al Goyco, un especialista en atajar remates desde los doce pasos. Sí, tanto como el Dibu.
Dato de color: veníamos de ganar el mundial anterior de la
mano del Diego en México 86, así que Qatar sumaba otro poroto al equipo de las coincidencias.
En Italia avanzamos ajustados cada fase, verdaderas hazañas:
la del Cani contra Brasil, El Goyco desperdigando atajadas que aún sigo evocando
en alguna charla de sobremesa cuando la nostalgia aparece a la hora del postre
o del fernet.
Después de aquel famoso penal inexistente, que únicamente se
manifestó en la imaginación del árbitro Codesal, me queda el recuerdo de las
lágrimas de Maradona, y de las mías que no entendían cómo se puede desgarrar un
corazón ante la injusticia y la impotencia. Ya pasaron 36 años y aún sigo viéndome
caminar solo, sin encontrar respuestas de porqué uno se puede sentir tan triste
viendo a 11 tipos pasarse una pelota de cuero. Un ingrato dolor de ese pasado
que siempre encuentro en el bolsillo de algún pantalón.
Ahora la historia se repite, y una nueva derrota quiere
parecerse a la otra derrota hasta en el resultado por 1 a 0. Termino de
confirmarlo, este dolor llegó para incrustarse bajo la piel junto al otro dolor.
Después de la entrega de medallas lo veo llorar a Messi, y no puedo dejar de darme
manija: qué cerca estuvimos de acariciar el sueño de ver a Leo volver a
levantar la copa. Porque nunca se trató de nosotros, si no de él y de los
merecimientos. Pero, como dijera Alfredo di Stéfano alguna vez “los goles no se
merecen se hacen”, intuyo que con las copas del mundo ocurre lo mismo.
Sé que no es necesario demostrarle a los detractores de esta
selección y de Messi, el valor y los huevos de estos jugadores. Sé que la copa
que se nos negó no le cambiará el estatus al mejor jugador del Mundo, pero era la
última bomba para callar a los que tienen el tupé de ponerlo en el mismo
escalón que Cristiano Ronaldo, a esos ignorantes que le bajan el precio. Qué le
vamos a hacer, no se puede todo en la vida, como así tampoco puede curársele la
deficiencia a un infeliz que odia a Messi.
Intento convencerme de que esto no puede terminar así.
Necesito un mejor guion para el final de esta gran película. Ojalá podamos ver
a Messi en una despedida como él se merece. La final era el escenario ideal para
abrochar con moño una carrera intachable, pero no se dio. Y yo necesito ver a
Messi feliz, necesito volver a creer, volver a ser aquel chico que pensaba que
la copa podría ser nuestra, aunque las piernas no acompañaran. Necesito que
Dios se ponga —como en Qatar— de nuestro lado.
Hace cinco días que ando con el grito apagado en la garganta,
y los problemas cotidianos acusan sobrepeso, y la rutina cuesta el doble. El
clima borrascoso tampoco ayuda a olvidar. Entonces pienso en el equipo, no sólo
en Messi, sino en todo el plantel: en su fortaleza mental, en la garra, en el
sacrificio, en no darse por vencidos, y eso me obliga a sacar fuerzas de donde
no las hay, a avanzar como sea, a empujar sin ganas, y a aguantar. Sí, aguanto,
porque de eso estamos hechos los argentinos: de aguantar patadas los 90 minutos
y el alargue.
Esto no va de mensaje superador como en los cientos de
videos que ya vi por internet; todo es tan fresco, tan reciente, tan crudo que
no puedo enfocarme más allá del dolor. Seguramente el tiempo tendrá que hacer su
mejor esfuerzo para distanciarme de este presente desteñido. Si digo que este
mundial me recuerda a Italia 90 es por las similitudes y porque será difícil olvidar
que le faltó apenas un paso para convertirse en épico. Y otra vez me quedará en
el aire la pregunta de qué hubiese pasado si llegábamos a los penales. Mientras,
resuena en mi mente aquel tema que acompañó mi mayor desconsuelo allá por los
90, y que 36 años después vuelve a vestirse de Verano Italiano en otra
final del mundo.