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lunes, 3 de febrero de 2020

El último beso

manos-anciano

Francisco Pereyra, era el nombre de mi abuelo Materno. Vivía en una ciudad a unos cuarenta kilómetros de mi pueblo, en una localidad vecina. De muy vez en cuando solía visitarnos por sorpresa, acontecimiento de total extrañeza para mis padres. Estos eventos que podrían contarse con los dedos de una mano, están aún presentes dado que en esas oportunidades, si bien comíamos lo mismo de siempre, la vajilla que utilizábamos era del regalo de casamiento de mis padres, esa intocable que se encontraba guardada en su caja original, arriba en el placard, lejos de nuestro alcance.

No solo me parecían raras sus visitas esporádicas, sino también su carácter templado. Era un hombre de escasas palabras, tal vez demasiadas pocas. Usaba anteojos con vidrios templados, siempre pantalón de vestir, camisa blanca, chaleco y corbatas de tonos oscuros. De gran estatura, con abundante pelo canoso, sus notables manos huesudas, y el ceño fruncido, como si estuviera todo el tiempo enojado por vaya a saber que cosas. Al menos, esa era la percepción a mi corta edad, cuando comencé a tener recuerdos sólidos de él.

Nuestra relación, si es que existía una, era tan endeble como una hoja seca a fines de otoño. Impulsada en su totalidad por la insistencia inagotable de mi querida madre, que hacía todo lo posible para que fluya entre nosotros un vínculo. Forzado, pero vínculo al fin.

Fui creciendo sin tenerlo muy presente, dado las contadas veces que lo visitábamos. Pero como mamá era, de todos sus hijos, la más persuasiva con él, cuando mi abuelo piso los noventa lo trajo a vivir a mi pueblo a un asilo de ancianos. Así pudo tenerlo cerca por eventuales problemas normales en personas de tan avanzada edad. Sucede que en casa no podíamos cuidarlo porque no sobraba espacio ni para nosotros, al menos él tendría su propia cama, algo a lo que yo aspiraba con ansias, teniendo en cuenta que compartía la mía con mi hermana dos años mayor.

Cada tanto solía visitarlo por mi propia cuenta para salvarlo de la soledad inminente de esos lugares que no son nada afables. Donde las pequeñas aspiraciones de vida van menguando con el correr de los días, transformando sus miradas vacías de esperanza. Él seguía con su diálogo limitado, dotado de una seriedad inmutable y la gracia de un caracol o algún bicho de cualidades similares. Sucede que el punto de fragilidad de nuestra no relación, se originaba porque yo era tan solo un niño tímido, algo introvertido y él, se esmeraba en emitir tan solo monosílabos a mis preguntas superficiales tales como aquellas que podrían surgir de la conversación con un taxista o el almacenero de la otra cuadra. Esas de índole climática, deportiva o de connotación necrológicas. Y en ocasiones donde mi creatividad de reportero carecía de toda imaginación posible, nos sumergíamos en silencios incómodos, en esos minutos interminables donde podía percibirse cada segundo transcurrido de una manera muy meticulosa, ambos sentados afuera en la galería. Repasaba con la mirada los detalles del techo —para ocuparme en algo—, las columnas y los cerámicos grandes, amarillos y rojos del piso de aquella casa antigua devenida a geriátrico, observando la gente pasar por la vereda estrecha y algunos vehículos que transitaban aquella avenida pavimentada. Casi siempre era yo quien iniciaba las charla, el que irrumpía esos silencios sepulcrales. Porque él no estaba acostumbrado al trato con niños, y por su tozudez, supongo que tampoco con los mayores. Quizá el haber criado once hijos destruyó cualquier ápice de paciencia en su ser y esa era la razón del carácter hosco y obstinado. O había pasado tanto tiempo en soledad que le costaba socializar y poco le importaba.

Al poco tiempo su salud desmejoró. Comenzó con algunas enfermedades que no puedo recordar puntualmente, mi mamá en eso era bastante hermética con los detalles. Pero por su ánimo, sabía que era algo serio. Tal es así que, luego de unos meses de idas y venidas, de llamadas telefónicas imprevistas finalmente falleció.

Con doce años no identificaba la razón de mi tristeza, posiblemente estaba ligada más a ver a mi madre llorar a mares, que a la muerte anunciada de mi abuelo Francisco. Luego de velarlo, al momento de cerrar el féretro y minutos antes de su entierro, cuando todos se despedían del difunto, algunos tocando el cajón y persignándose, otros tocaban sus manos, los más allegados le daban un beso en la frente, y a mí no se me ocurre mejor idea que consultarle a mi madre si también debía hacer lo mismo. Dejando expuesta mi inexperiencia en estos acontecimientos. Ella me mira y responde, —dale un beso al abuelo si querés—. Y ese «si querés», despertaba un dilema existencial en mí. ¿Si no lo besaba, algebráicamente implicaba que no lo quería?, por lo que me vi obligado a besarle para cumplir la figura del buen nieto. Apoye ambas manos en el cajón, contemple su rostro, no había cambiado mucho a cuando estaba con vida, con la salvedad que se notaban sus labios pegados y su piel empalidecida. Acerque mi labios lentamente y los uní con su frente. Luego, nunca más en mi vida volví a besar otra persona fallecida. Fue como besar una piedra completamente helada, una sensación horrible para un niño. Miraba a mi madre sin poder comprender su grado de cinismo. Como no advertirme de tal posible trauma, tan solo un susurro —guarda que esta frío—. Después de aquello varias pesadillas con esas imágenes perturbadoras me visitaron por las noches, y no quería transmitírselas a mi madre, por la intensa depresión que transitaba al sufrir la muerte de su padre.

De mi parte aún hoy, ya con cuarenta años, no me animo siquiera a tocar a los muertos en los funerales. Y por más que sé que, algunas vivencias que hemos compartido se han escurrido de mi mente olvidadiza, puedo asegurar que aquello que siempre se mantiene inalterable en mis recuerdos, es que mi abuelo Francisco, tanto vivo como muerto, fue un tipo bastante frío.

viernes, 3 de enero de 2020

La hazaña del Piojo Alvarez


Nadie daba un mango por el Piojo Álbarez. Si ese mismo día me lo preguntan, habría puesto un par de fichas en el Rafa, que era un tipo fornido y le gustaba golpearse a lo loco. O en el Coti, que era rapidísimo y tenía un cañón en el pie derecho. Pero lo del Piojo nos descolocó a todos, algo fuera de serie. 


Era el último partido del campeonato. Nosotros, distantes de los primeros cuatro que clasificaban a cuartos de final y encima nos toca cerrar la zona contra el puntero. Ellos tenían buenos jugadores y un octavo que sobresalía del resto. Hasta te diría que inspiraba un poco de temor. Le decían la Torre. Que si fuera solamente por la altura, no sería tanto el problema, acá el problema era que se trataba de un mastodonte de ciento diez kilos, le salían músculos que ni sabíamos de su existencia. Incluso hasta tenía una barba intimidatoria. Y no los pelitos tristes, como patitas de mosca que nos asomaban a nosotros parecidos una chocolatada sin limpiar. Era barba de verdad, tupida y pareja, ya de hombre hecho y derecho. Sí...!!, en su DNI figuraba categoría 79, igual a la nuestra, pero para mí que lo anotaron más tarde. Sino, no se explicaba semejante desarrollo hormonal, o tal vez cortaba el café a la mañana con Minoxidil, —un producto para el crecimiento del cabello muy popular en aquellos tiempos—. 


Como contrapartida nosotros lo teníamos al Piojo Álvarez. Ya les dije que nadie daba un mango por él. Disculpen si me pongo reiterativo, pero hasta hoy no logro procesar lo sucedido aquel día. Por eso, antes de seguir con esta exposición, le quiero dedicar un par de líneas a semejante ejemplar. Imaginen un pibe de diecisiete años, tez blanca, flaco escuálido, estatura media tirando a baja y sus brazos parecían dos chorros de soda. Lo único a favor, era su sonrisa fácil, y buen carácter. Eso sí, querido por todos. Además de la ausencia de cualidades idóneas para un deporte de contacto como es el rugby, podrían pensar que realizaba un esfuerzo adicional para estar a la altura de las circunstancias, para equilibrar esa ausencia de dones que la naturaleza se encapricho en proveerle cuando fue concebido. Paro la verdad es, que era flor de vago. No sabía lo que era una mancuerna, lejos de pasar por un gimnasio. Además, siempre se las ingeniaba para faltar a los entrenamientos. Que el asma, que estudiar para un examen, que la abuela enferma, que cuidar a la perra porque tuvo cría y no se cuantos vericuetos más ponía de excusa. Sumado a que sus viejos eran de esos padres protectores y lo tenían encerrado en una burbuja de cristal. Bien que, cuando salía con nosotros se agarraba flor de mamurria y se le quitaba lo calzonudo. Pero como con suerte éramos dieciséis jugadores para cada partido, abusaba de esa necesidad deportiva, y se daba el lujo de sobrar la situación, que sino, le quedaba el culo lisito de tanto comer banco.


En el rugby se dice, que la defensa es medida según su eslabón más débil. Con esto ya les voy adelantando por donde atacaban todos. Debíamos marcar la mayor cantidad de puntos antes que se dieran cuenta por donde estaba el queso. Podría decirse, del Piojo, que era un jugador dinámico. Para el lado donde amenazaba el peligro, nos esforzábamos en ubicarlo del lado opuesto. Hasta encontrarse por casualidad con una pelota de esas que quedan bollando, o cuando recibía un pase sin otro destinatario posible más que él, y comenzaba a correr con la gracias de un peludo, medio curcuncho, con pasos cortitos, hasta que se le acercaba uno del equipo contrario y terminaba revoleando la pelota como un ramo de flores en un casamiento, a la manchancha, al que la agarra, la agarra. Ahí quedaba en evidencia aquello que tratábamos de ocultar todo el partido, por donde estaba la tranquera para que cualquiera pueda pasar cuando guste.

A veces pienso, si era mejor jugar con uno menos. Porque estando él, no siempre cubríamos su posición pensando ilusamente que alguna vez iba a sorprendernos derribando a alguien, o se le prendería de los talones o de la camiseta hasta que uno de nosotros le llegue en apoyo. Pero eso nunca ocurría. En cambio, lo pasaban como alambre caído. Quedaba tieso como una estatua con los ojos cerrados, las manos semiextendidas encomendando su alma a Dios o vaya a a saber a quién, para salir lo más entero posible de esa jugada. 

En aquel partido, el primer tiempo se lo aguantamos bastante. Teníamos pocos jugadores pero con mucho corazón. Recién casi llegando al final de los cuarenta, se escapa la Torre cortando por el lado de nuestro apertura. Y sí.., como era de suponer el Ruso, era el cerebro del equipo y algo tackleaba, pero ante semejante mole, le pijoteo el hombro, y se fue cayendo antes del contacto, una cosa rara, pocas veces vista. Para cuando logramos rodearlo entre tres, la Torre miró para el costado, se apoyó en su pierna derecha y lanzó un pase de quince metros en dirección contraria —sí, también era bueno con las manos el muy turro—, el ala de ellos paso como un viento, atrapó la pelota, tomó la marca del Rasta, —que era nuestro Fullback— y descargó en el primer centro que lo acompañaba en apoyo por afuera, marcando el primer try bajo los palos. Por supuesto desde ahí, no fallaron la conversión por demás de accesible.

En el segundo tiempo, la cosa se fue desdibujando. El cansancio de siempre estar defendiendo hizo mella y nos metieron una seguidilla de try casi imposible de remontar. Para males, se nos lesiona el Turco que jugaba de wing. No sé muy bien como fue, porque yo estaba tirado en el piso. Creo que era en un scrum para ellos, donde se levanta con la pelota la Torre, otra vez el mismo, la pesadilla de esa tarde. Yo en posición de ala izquierdo lo salgo a tacklear un poco arriba y justo antes de tomarlo de los hombros, me metió una mano en el esternón, contrayendo todos mis órganos internos y me enterró en el piso de espaldas. Quedé mirando ese cielo despejado de verano, pensando porqué no lo fui a tackear abajo. Después encaró para el ciego —el lado más corto de la cancha— donde se encontraba el Turco, y éste que era chiquito pero aguerrido, le salió a juntar los tobillos, una técnica en él, por demás de pulida, pero la Torre justo efectúa un cambio de paso y le dio con la tibia en el medio de la frente, dejándolo medio mareado, casi nockeado. Pero como si eso fuera poco, el grandote tras ese golpe, continuó con la misma inercia que traía, dio un salto y terminó apoyando su botín derecho número cuarenta y siete sobre la espalda del chiquitito, dejando nula cualquier posibilidad de recuperarse para volver al campo de juego. Pobre Turco, no entendía nada, decía una boludez tras otra —más de lo normal—, el golpe lo había atontado por completo. Así que Cacho —nuestro entrenador —, no le quedó otra, que buscar en el banco de suplentes al único jugador disponible. A esa figura tapada, ¡vah!, escondida diría yo. Imaginen nuestras caras. Quince puntos abajo y encima esto. Nos acordamos de ese partido contra Quemu Quemu, donde fuimos catorce justos. Sucede, que un brote de gripe dejó el tendal ese invierno y perdimos dos soldados claves, a Juan y a Bartolo, que estaban en cama. ¡Que paliza nos comimos ese día!. Como 120 a 3 y nos hicieron precio. Así que, cuando lo vimos al Piojo Álvarez parado en la mitad de la cancha, listo para entrar, con las medias rojas abullonadas sobre los botines, que se caían por el escaso grosor de sus piernas, el casquito de protección negro, la camiseta suelta y ese pantalón resplandeciente de tanta blancura, soltamos al unísono un suspiro de resignación. Fue un acto reflejo en general, los catorce miramos el suelo presagiando que tanto esfuerzo hasta ese momento, iba a ser arrojado a la basura.


Finalmente con el correr de los minutos logramos inmovilizar a ese mastodonte, pero necesitamos tres de nosotros para salirle a marcar antes que tome velocidad. El problema surgió, cuando se empezaron a avivar de los espacios que dejábamos y se nos colaban por esos huecos. Hasta acá, Álvarez, no intervino en absoluto, principalmente porque todas las jugadas de ataque se producían por el centro de la cancha, y él, ocupaba la posición del Turco sobre la punta izquierda, clavado como un mástil. En el minuto treinta y cinco logramos interceptar una pelota que casi termina en try, sino fuera por ese intento de pase del Cabezón, después de un tackle asesino desde atrás que le hizo perder la pelota y comer un poco de pasto. Fue en esa jugada cuando le festejaron en la cara, mientras el Cabezón se sacaba pasto de entre los dientes. Estos tipos tuvieron la desfachatez de gozarnos ese try malogrado en nuestra propia cancha. Con qué necesidad, si ya tenían ganado el partido. Nosotros estábamos que no dábamos más de la calentura. Intentando por todos los medio frenarlo a Juan que quería cagarse a piñas con todos. Era el más calentón del grupo. Para mí le faltaban un par de caramelos en el frasco. Sospechamos que, como era sietemesino, algo no se le había terminado de desarrollar a término. Era como una mecha encendida imposible de apagar. 

Después de eso comenzó un partido mucho más vertiginoso, con objetivos diferentes para ambos equipos. Nosotros queriendo romper el cero del marcador, intentando salvar el honor de los caídos, queriendo evitar que su festejo sea aún más glorioso. Ellos empecinados en no dejarnos marcar ningún punto, en vernos envueltos en la vergüenza perpetua de los vencidos. Ya no les importaba solo ganar, y desde ese mismo instante se comenzó a jugar con una agresividad inmensurable. Cada dos jugadas, siempre alguno quedaba enroscado en el piso con un contrario. Los tackles a destiempo ya eran de una intensión delictiva, por lo que el árbitro del encuentro no tuvo más remedio que castigar con dos amarillas para cada lado, procurando bajar el grado de insanidad de algunos desvariados.   

Faltando tan solo unos minutos para finalizar esa batalla campal, ambos quedamos enfrentados con trece jugadores. Nos correspondía tirar un line en mitad de cancha, Nacho la baja y se la pasa a Bartolo ubicado de medio-scrum, éste amaga un pase con el Ruso y se manda por entre el apertura y el primer centro contrario. Alcanza a correr unos diez metros, y cuando le aparece barriendo el fullback, se la tira al Rafa, que entra en un titubeo preocupante ante la marca insipiente de un contrario. Algo de no creer, el tipo que más le gustaba topetear, se le ocurre por la gracia divina del Señor, tirar un rastrón que le sale cruzado y medio mordido, un mamarracho de rastrón. El Rasta comienza a correr desde atrás y en la jugada donde más lo necesitamos, se tironea el gemelo en su intento exagerado por correr esa pelota importantísima. Ya cuando la guinda realizó unos firuletes y piques extraños casi a punto de salir por el lateral izquierdo. Justo cuando pensamos que se salían con la suya, que no quedaba más que ahogarse en sus festejos desproporcionados, no me pregunten como, pero esa pelota le queda en las manos al Piojo Álvarez, que la toma en veintidós metros contrarias y empieza a correr apuntando a la bandera. Para su mala suerte, la Torre lo empieza a correr desde atrás, en un ángulo sesgado, con el sonido de un tropel y el jadeo tenaz de la ira resoplándole la nuca. Eso, más que un ataque, se había convertido en una carrera por la vida misma. Parecía un episodio de National Geografic en la persecución del leopardo contra el jabalí, quién por lo general termina siendo el almuerzo del felino. Eran ciento diez kilos en velocidad contra cincuenta kilos mojado y algunas piedras en los bolsillos. Llegó un punto, en que no sabíamos si gritarle que corra más rápido o llamar a sus padres para que vengan a reconocer el cuerpo de su hijo. Aunque una vez que el grandote lograse interceptarlo, no iba a quedar mucho para identificar.

Inexplicablemente, cuando estaba casi a punto de llegar a los últimos cinco metros, el Piojo pega una relojeada hacia atrás y amaga a tirar el ramo de novia como era su costumbre. En esa fracción de segundos, no sabemos si alcanzo a ver la cara de desilusión de alguno de nosotros o se cansó de las burlas por su habitual cobardía, y ocurrió lo inimaginable. Clavó el frenó de golpe, como nunca lo había echo antes. La Torre viniendo a toda furia, paso de largo con los ojos totalmente llenos de asombro, sin poder comprender que ese saco de huesos fuera capaz de tal destreza —al igual que todos nosotros—, y una vez que se quitó la marca de encima, enganchó para adentro, finalizando con un vuelo rasante sobre el ingoal contrario, para romper ese cero tan festejado y aclamado por la hinchada, y  todos nosotros corrimos a arrojarnos sobre él, para unirnos con su grito descontrolado, ese festejo entrañable. Y a medida que la montonera de cuerpos se fue disipando, pudimos percatar que sus gritos no eran de alegría sino de dolor después de contemplar su hombro derecho en un notable desnivel con respecto a su hombro izquierdo. 

El resultado final fue 33 a 7 después de la conversión del Ruso y una fractura de clavícula para el Piojo Álvarez, que en vez de salir en andas —como mereció ese día —, salió en la camilla de enfermería derecho al sanatorio, bastante dolorido para acomodar ese hueso y colocar un yeso que le cubriría medio cuerpo, justo en ese abrasador calor de Diciembre. 


Esa, fue la última vez que piso una cancha de Rugby. Imagínense, si no tackleaba cuando estaba ileso, menos lo iba a hacer después de esa quebradura que le propinamos, sus propios compañeros. Quizá fue la mejor excusa para declarar su retiro anticipado y ser recordado por aquella hazaña gloriosa, sepultando casi en el olvido tantos años de malos recuerdos deportivos. Regando las sobremesas de cada asado y acrecentando la leyenda de aquella jugada insólita, donde se incluyeron sombreros, pases y lujos inexistentes con el correr de los años. Cosas que ocurren cuando las historias se trasmiten de boca en boca. Pero más allá que aquel día sin querer, perdimos un jugador de esos que no se ven a menudo. Les aseguro que a la larga, ganamos un asador de hamburguesas que ni se los puedo explicar.

viernes, 18 de octubre de 2019

Malas juntas


En la cúspide de los video juegos, de aquellos con estructuras de madera, de botones y palanca que se alimentaban con fichas estriadas, uno muy popular fue Street Fighter. Además de ser un adictivo video de lucha callejera de fines de los 80, fue más tarde, inspiración de una película que dejó mucho que desear. Cosecho malas críticas y tuvo como figuras de elenco a Raúl Juliá y Jean Claude Van Dame, principal culpable que pase mi infancia tirando piñas y patadas por la vida —como todos a esa edad—.

En una de las escenas del film, es capturado un soldado, uno de los buenos. Al borrarle su memoria y luego de inyectarle un líquido extraño —cosas de la ciencia ficción— capaz 
un cóctel de drogas para darle fuerza sobrehumana, por decir algo, se transforma en un animal de color verde, pelo rojizo y pajoso, apodado con el nombre de Blanka. Más allá de lo llamativo de su tono de piel —una especie de increíble Hulk de bajo presupuesto—, para convertir esa criatura en un ser maligno, es sometido durante un tiempo prolongado a la exposición de tormentosas imágenes desbordadas de crueldad, sangre, guerras, bombas atómicas y todo contenido relacionado con la violencia del hombre contra sí mismo.

Este parece ser el punto de intersección donde la ficción se convierte en realidad. Y así como alguna vez salieron las zapatillas que se auto ajustan, las Nike que usaba Marty Macfly en Volver al Futuro II. O autos de Google que se manejan solos, como el taxi de El vengador del Futuro con Arnold Schwarzenegger. Ahora es el tiempo donde, desde las pantallas planas, suelen acentuarse las malas noticias que ocupan una silla en nuestras mesas, en nuestros almuerzos y cenas familiares, en nuestras tardes ociosas, o incluso, en la recepción de algún comercio o sala de espera. Nos sobrexponernos a noticias que comprimen el pecho, que desdibujan las sonrisas, reflejando que las acciones violetas, los maltratos y la intolerancia, están flagelando a una sociedad atrapada y sin salida.

Estos síntomas no solo se proyectan en informativos, también trascienden a programas de chismes, redes sociales, en diarios digitales y papel —por nombrar algunos—. Campañas políticas se nutren de todo tipo de situaciones adversas para sumar adeptos a su partido, tanto de un lado o del otro de supuestas grietas. Basta con ver un noticiero por un par de horas, para darse cuenta que las buenas noticias son drenadas a cuentagotas. Nos levantamos temprano y un asesinato o una violación nos acompañan durante la mañana, tarde y noche. Como un reality y con muy pocos datos de un caso lleno de especulaciones, se rellenan gran cantidad de horas en todos los medios, pretendiendo atravesar la sensibilidad del espectador y captar su atención desde los hilos de la indignación. 

Aclaro que no implica encerrarse en una burbuja aislante de todo problema exterior, no solo sería egoísta e insensible, sino además nos mantendría desinformados de los hechos que nos acontecen. Las fatalidades lamentablemente suceden y debemos continuar ideando un plan para mejorar nuestro entorno, aportando desde el lugar que nos toque estar. No quedarnos anclados, discurriendo que las desgracias nos esperan agazapadas a la vuelta de la esquina. Porque lamentablemente siempre existió la maldad, como dijo Facundo Cabral "Si los malos supieran que buen negocio es ser bueno, serían buenos aunque sea por negocio". 

La vida real no es el reflejo oscuro que intentan exponer nuestros informantes. Como en todo ámbito, algunos tiran de la cuerda hacia adelante, otros necesitan ser guiados y siempre están los que tiran en sentido contrario, por tal motivo es indispensable que los del medio, esos que necesitan señales para seguir empujando, no suelten la cuerda por creer que la causa está perdida. No es necesario ser la encarnación de la madre Teresa de Calcuta o Ghandi, meramente siendo optimistas y aspirando a cuidar su rancho, procurando que ese efecto sea expansivo y contagioso. Y si no nos sale ser optimistas, porque ese día el viento sopla de norte, o no nace ser afables, al menos no ensuciar el camino.

Siempre se creyó que las malas compañías pueden torcer el accionar de las buenas personas, sin percatar que nuestra compañía más habitual es un caja cuadrada, que da noticias sombrías y se jacta de ser dueña de la verdad. 

Ahora que sabemos cómo viene la mano, prestemos atención con quién nos juntamos, de lo contrario solo es cuestión de tiempo, para que la piel se nos tinte verde y el pelo se ponga pajoso y rojizo, y soltemos la cuerda por creer que nada vale la pena, que la sociedad fijó su sentencia, matando a ese niño interior que una vez creyó que la paz era posible, y lo convencieron que dañar a los demás, es la verdadera naturaleza del hombre.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Sana, sana, colita de rana...



Hace una semana que me tiene a maltraer la tos y el catarro. Los síntomas no dan indicios de querer disiparse. Tengo un retroceso mental de tanto tomar Aliviatos en jarabe, solo resta que la ingesta sea a través de una cuchara como solía darme mi vieja. Antes no era común el uso de medidores de plástico y ahora rebalsan en el cajón de los cubiertos. Solo había dos medidas, cuchara sopera o cuchara chiquita, todo a base de cálculos estimativos. Aclaro que el jarabe automedicado no me hace ni la tos.

Trato de eludir al doctor, pero me quedan pocas alternativas, intuyo una visita inminente. No es que tenga miedo a los médicos ni a las jeringas —casi nada—, ni a las enfermedades o a los tratamientos, lo mío es una reacción alérgica a la espera y a la ansiedad que genera el notar como pasa cada segundo tan lentamente, como el goteo de una canilla mal cerrada. Debe ser por eso, que a los enfermos les dicen pacientes, —ya veo porqué— es de lo único que hay que armarse para ir a estos Centros de Salud. Me da tremenda apatía desperdiciar mi tiempo sentado en una silla de la sala de espera de alguna guardia, pudiendo estar durmiendo, que es otra manera de desperdiciar el tiempo pero al menos sin ansiedad.

Busco el carnet de la Obra social y subo al auto. Mientas manejo retomo el tema de las inyecciones, y el recuerdo de unas papas fritas al disco hechas con grasa de vaca —que comí frías—, pueden ser el nexo de mi negación a los descartables. En esa oportunidad fueron cuatro o cinco pinchazos en las nalgas, la sensación de sentir como se clava lastimosamente esa microlanza, primero cortando la piel, luego abriéndose entre la carne y las fibras musculares, y drenar ese líquido espeso, aceitoso, de la manera más lenta y cruel posible, dando lugar a los gritos y llantos desgarradores de tan solo un niño. Capaz debería tratarlo con mi psicólogo, o tal vez, primero debería visitar uno. 

Me registro en la recepción y me dirijo a los asientos que nunca son suficientes por el poco espacio que se contradice con la cantidad de personas que aguardan ser atendidas. Me fijo en el monitor y mi nombre figura en segundo lugar, después de un tal Nicolas, que al parecer se trajo media familia. ¿Los planetas se habrán alineado?, pero no quiero festejar antes de tiempo, de imprevistos la vida está llena. Solo espero que me atienda alguien y lo remarco como alguien y no como doctor, porque con tal de irme rápido, que sea enfermero, curandero, el Pai Umbanda, un chaman o el doctor amor me da lo mismo... Bueno, mejor este último no. Quiero reservar ese momento para cuando me toque hacerme el exámen de próstata.

Transcurrieron quince minutos. Acaba de pasar una enfermera vestida de celeste llevando sábanas limpias, un señor en silla de ruedas es empujado por su hijo. Frente a mí, un muchacho con una férula en la pierna derecha está sentado junto a su madre y lo llaman para hacerse una resonancia magnética. Su mirada es desafiante y altanera, de las que  sostienen siempre la guardia alta, pero no tengo ganas de una pelea de ojos (llámese al desafío visual), en otros tiempos podría ser, ahora prefiero seguir escribiendo desde mi celular, lo considero más productivo. Tras unos minutos de haber entrado en el resonador, el técnico en radiodiagnóstico llama a su madre para que ingrese, y llego a una simple conclusión con una frase de mi viejo, —los cojudos se terminan con la pólvora— y también adentro de un resonador. Aclaro que para gente claustrofóbica suele llamarse a un familiar para tranquilizarlos o incluso llegan a sedarlos.

Mientras, sigo escribiendo para mantener mi mente distraída y ocupada, veo salir a Nicolas que se reúne con sus familiares, pero la doctora no me nombra, por el contrario, ella cierra la puerta. ¿Tendré la suerte que siendo las cuatro y veinte de la tarde surja una emergencia de algún paciente que trajo la ambulancia?, ¿o le toque hacer la ronda diaria y me deje esperando una hora? —Como deseo que sea viernes a las catorce horas para quedar libre de ataduras laborales — pienso para no desvariar.

Levanto la cabeza y lo veo pasar a Petu, un amigo. Él me ve y pregunta si estoy bien, le respondo —sí, un poco apestado nada más— y le hago señas con la cabeza, acompañado de un movimiento de cejas emulando un —¿y vos?—, estamos en un sanatorio y no sé la causa de su visita, tengo el presentimiento que algún día me encontraré con alguien conocido y su respuesta será —tengo un cáncer terminal, me quedan dos días de vida y sos el primero al que se lo cuento—, por eso me da miedo preguntar —¿cómo andas?— en esos lugares, no vaya a ser que su respuesta me deje tartamudeando sin saber que sonido reproducir y termine escribiendo sobre la vez que pregunte algo que no debía haber preguntado. Aclaro que Petu se encontraba bien.

En el monitor muestra el tiempo de espera, van treinta minutos y la doctora brilla por su ausencia. ¿Que estará haciendo esta dulce mujer en el consultorio si no entró nadie?, bah, quizá lo haya pensado con un lenguaje más vulgar y en un tono más despectivo. En ese instante se me cruzan películas de Porcel y Olmedo, inconscientemente invento títulos como, Los doctores las vuelven locas, Los maestros del bisturí, Los enfermeros le sacan lustre, y puedo seguir por horas con ese juego de palabras para posibles películas ficticias, que en aquella época hubiesen sido un éxito. Creo estar entrando en la etapa del desequilibrio mental, que se ubica previa al enojo y seguido de la espuma en la boca y el simulacro de convulsiones.

Y acá sigo dándole al dedo gordo para no pensar que llevo esperando cuarenta minutos, —y la reput.... — creo que me acaban de llamar!! Sí, dijo mi nombre!! Bloqueo el celu y después retomo esto.

Tras quince minutos me liberaron. Voy a seguir viviendo. El diagnóstico es una bronquitis aguda, parece un nombre peligroso aguda, sabe a complicación, pero no lo es o al menos no me voy con esa impresión. Me dio un corticoide para tomar por cinco días y unas nebulizaciones. También me ofreció un inyectable pero no acepte por lo antes mencionado, porque no tengo nada contra las vacunas y las extracciones de sangre, pero ponerme boca abajo, con mis partes expuestas, sin saber cuando viene el pinchazo...; —prefiero dejarlo para las emergencias— no quiero volver a casa manejando de costado en el asiento del auto. Aparentemente se terminaron los caramelos y siempre te ofrecen un inyectable. Mi dilema es que, como lo venden ellos, no sé si lo hacen con fines curativos o para sacarte plata de algún lado. Cada uno tiene sus rollos y locuras, debe ser porque viví en la época donde supuestamente andaba una trafic blanca, que secuestraba chicos y le quitaba los órganos. Son marcas invisibles que quedan de esas leyendas urbanas poco creíbles, como el viejo de la bolsa, el cuco o el chupa cabras. Cada vez me autoconvenzo que realmente debería visitar un psicólogo.

Dejo durmiendo esta narración en modo borrador por cinco días, no me puse a pensar como darle la estocada final a este toro moribundo, he tenido otros pormenores. Pero el destino es sabio y quiere regalarme un final diferente a este escrito, otra vez estoy en la guardia porque no paró la bendita tos, los medicamentos tienen el mismo efecto que un palito de la selva. Acaba de pasar el técnico de mantenimiento con un fluorescente que no funciona más, seguro me recetan un inyectable para la reposición del mismo, no creo que  zafe del pinchazo.

Hoy no hay nadie que me mire con desdén, solo dos ancianas que son hermanas, no porque me lo hayan comentado, sino porque el parecido es inequívoco, son dos gotas de agua. Diferentes peinado, misma nariz respingada, misma boca con labios finos y pintados de rojo y esas miradas clonadas. Es una generación que se bañaban y perfumaban para ir al doctor, bien vestidas, con ropa íntima que se compraba exclusivamente para la ocación. Yo parezco salido de un taller después de un cambio de aceite. Olvidé peinarme, no me afeite, pero al menos, me puse desodorante y me lavé los dientes, algo es algo.

Seguro hoy llueve granizo, en el monitor estoy posicionado cuarto, pero hay dos médicos en la guardia y me llaman rápido. Me revisa otra vez la misma doctora. Esta vez le llevo una placa de tórax que me hice unos minutos antes para estar tranquilo y para que sea más certero el diagnóstico. Parece que sigo con bronquitis, no mutó en nada raro. Le cuento de mis ahogos y el cansancio de estar tosiendo sin parar y logro mi objetivo... me receta antibióticos y algo para aflojar todo ese contenido viscoso de mi garganta. Y como era de esperar me ofrece un inyectable,  —otra vez se quedaron sin caramelos— pienso. ¿Habrá avanzado tanto la medicina que el tratamiento lo determinan sus pacientes?, o capaz en estos tiempos de cambio, donde sobrevuela un titubeo por no herir susceptibilidades,  nos lleve a la muerte tan solo por ser amables  —señor!! se muere de un paro cardíaco, ¿quiere un par de descargas en su pecho? ¿o prefiere una pastilla de menta?—. Sigo sin entender porque es opcional, prefiero que la recete y comprarla en la farmacia de la esquina.

Pasaron cinco días del párrafo anterior a éste. Terminé los antibióticos y adivinen donde estoy... sentado frente a una puerta blanca, con el nombre de alguien impreso y un número seis en el centro. —Si esperas resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo — por ende, opte por cambiar de Profesional, esta vez saque un turno con mi médico clínico que hace unos dos años que no veo, sospecho que se acordará de mí. Mientras espero, me pongo a releer lo escrito para ver que puedo extirpar de esta narración para que la cirugía no sea tan extensa. Llegará el punto en que los lectores —si es que existe alguno que se animó a leer hasta acá— desearán mi muerte con tal de terminar este cuento corto devenido en una novela que no encuentra un final, donde no viven felices para siempre, donde la ciega sigue ciega y donde Luis Fernando no dejó a su primer novia porque ella sigue en silla de ruedas, pero sabemos que esta enamorado de la sirvienta. Y sí, me terminé yendo por las ramas, pero no lo borro porque me causó risa.

Salgo del doctor y mis deseos de jugar mañana el último partido de local del campeonato, retroceden siete casilleros. Si no hago reposo lo que sigue es la neumonía y esa palabra sí, que suena alarmante. Maldita mi suerte, me quedo sin partido y además lo inevitable, me recetó un inyectable —mi criptonita—, antibióticos más fuertes, que son pastillas del tamaño de una nuez, ya le estoy dando la bienvenida a la acidez, estos medicamentos te agujerean el estómago.
 

No voy a esperar una semana más para cerrar esta historia, mi impaciencia me puede,  daré por sentado que voy a mejorar si me cuido y hago el reposo necesario, de lo contrario tendré tiempo para escribir si termino internado. No me despacharé contra los médicos de las guardias, sería cruel y desigual librar un juicio sin antes permitirme empatizar. Reconocer la cantidad de horas que trabajan, algunos, doble turno. La desproporción de médicos con respecto a la cantidad de enfermos, tan desigual. La cantidad de vidas que se salvan y muchas otros condimentos que no deseo sazonar sobre este texto. Puedo pecar de impaciente, o tal vez de prejuicioso, pero cuando se trace la triste linea de mi final y se reste el tiempo disfrutado menos el tiempo que permanecemos inertes, si el saldo da negativo, sé que no habrá un reintegro en días, ni disculpas por las demoras ocasionadas, no me pagarán horas extras ni vacaciones, esos minutos habrán sumado horas, días y semanas que habré desperdiciado sentado en alguna sala de espera, intentando acelerar el reloj, inmerso en un bloc de notas deseando escapar de ese presente incómodo. Es por eso que al menos prefiero, que se ofrezcan caramelos y no pinchazos en el culo.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Mi segunda lengua (my second language)


Está comprobado estadísticamente que cuatro de cada siete personas, odian el comportamiento irresponsable de la gente que se encuentra detrás de un volante, o en su defecto, de un manubrio. Este dato importantísimo, —de similares características a los que emite la Universidad de Massachusetts—, fue informado este último martes por los alumnos de Ingles pre-intermedio, de una prestigiosa academia de la ciudad de Venado Tuerto, a raíz, de que se solicitara generar un texto sobre las cosas que más odiamos y donde no se permitía escribir sobre suegras o el riesgo país.

Estudiar inglés se asemeja mucho a la vida misma. Algunas veces estas arriba —cuando entendes casi todo — y otras, te ves en la lona cuando el tema es nuevo o el translator del cerebro nos quedo puesto en modo off. Luego de haber cursado tres años, con una pausa entremedio, soy capaz de comprender textos cada vez más extensos, en este lenguaje tan vital para el ámbito laboral y personal. Pero mi talón de Aquiles, es al intentar proferir palabra alguna. Caigo en una imitación burda de una especie de Diego Maradona, pero con el bypass gástrico ubicado en la garganta. Tengo una fluidez de diálogo similar a los dibujitos animados de la pantera rosa; la vieja; esa que yo miraba cuando era chico. La que comenzaba sentada luego que se difuminaba levemente una luz rosa y aparecía fumando un cigarro con boquilla, algo muy poco propicio para estos tiempos que corren, donde seguramente algún movimiento de esos que florecen todo el tiempo, estaría en las puertas de algún canal de televisión protestando para evitar que todos los chicos, salgan fumando al recreo en los jardines de infantes.

Sin embargo no solo he aprendido algo de inglés en estos pocos años, y digo pocos para no parecer tan burro, porque a esta altura capaz debería estar dando clases y de pedo que puedo hilvanar dos palabras seguidas. Mi nivel es tal, que podría contarles la experiencia en carne propia, de como se iniciaron en el habla los primates norteamericanos a lo largo de la evolución humana, y vestido con un taparrabos y un garrote de madera en la mano, no notarían la diferencia, de quién es el que evolucionó.

Como les decía, estas clases son muy enriquecedoras porque solemos contarnos vivencias, problemas y un poco de cultura general expresado en un idioma parecido al inglés. Podría diseñar una fiesta de bodas sin transpirar una gota de sudor, en vista del conocimiento fehaciente que poseo acerca de los pormenores que pueden surgir durante el planeamiento de un evento del tal magnitud.

También sé que, en la intersección de la ruta 188 y la ruta 33, existe un paraíso en la tierra, conocido como Villegas town. Donde se dice que, el Edén, ese lugar místico y celestial donde vacacionaremos algún día cuando dejemos de existir terrenalmente (este dato no aplica a todos), fue ideado a imagen y semejanza de esta ciudad con calles de adoquines y donde no me animo a contradecir tal afirmación, para no caer en ninguna controversia.

Hemos aprendido que una novia celíaca, implica tener dos cocinas en la casa, y que todos lo productos cuestan casi el doble que sus primos con gluten. También que los jóvenes, cuando toman confianza dejan su lado más vulgar al descubierto, y llegan a cualquier horario, se olvidan los útiles, y cuando usan el baño, se toman un tiempo exagerado solo para hacer del "uno". Hah!!, y casi lo olvido, "Estoy embergada" puede ser una frase fuerte para compartir en clases, por más que se explique el embargo de Vicky Xipolitakis.

También aprendí que un buen día, se puede arruinar con solo escuchar el audio de una chica llamada Jessica Fox, que habla como si la estuvieran corriendo los zombies de The Walkind Dead y a la cual hipotéticamente a esta altura, deberíamos entender claramente. O a la pequeña Mary's Meals, que le gusta cocinar y hacer caridades, pero aún tengo mis dudas sobre si ese audio, estaba en Inglés o en algún idioma que aún no fue descubierto.-

Fuimos vendedores y clientes, recepcionistas, mozos y comensales, hemos estado de un lado y del otro de un teléfono, fuimos enfermos y doctores, atendimos una tienda y compramos ropa. También debatimos sobre la velocidad del pinguino, sobre la variación del dolar, los créditos uva, y la problemática existencial que padecemos por el hecho de ser tan Argentinos, que solo nos miramos el ombligo y no nos importa el resto. Que todo aumenta desproporcionalmente, que seguro iremos a parar al carajo y que en Alemania, Holanda, Nueva Zelanda e Inglaterra la gente tiene otra mentalidad y sería el lugar adecuado para ir a vivir, pero como muy lejos, llegamos hasta Capilla del Monte. Mientras nos tomamos una pausa sentados en el pupitre, acompañados del mate intentando resolverlo todo, recobramos de a poco la cordura para retomar nuestra clase de inglés, y evitar que esto se asemeje a un sketch, de polémica en el bar. 

No sé si algún día podre entender o hablar este idioma de una manera más natural. Por lo pronto, me conformo con saber que parrilla se dice "grill", que yo no entiendo se dice "I don't understand", que chancho es "pig", que "actor, chocolate, doctor, horrible, horror, radio y virus" se escriben igual en ambos idiomas, por ende, tengo un 1% de conocimiento adquirido, y que el final de este cuento, se escribe The End.

This narration is dedicated to my English class, my classmates, my teacher Shirley, who is patient with us every day.

viernes, 9 de agosto de 2019

La carta soñada.


Esta carta te la escribo desde un sitio intangible, donde las incongruencias no conocen de límites, donde proyectamos los anhelos y se mezclan con fotografías guardadas en cajones ocultos, allá arriba, sobre el estante donde no llegan los niños. Te escribo más precisamente desde mis sueños. Sí, sé que suena loco pero salió de ese lugar, donde es posible deambular en el basurero de los recuerdos, desde ese laberinto mental que se activa cuando escapamos de la realidad que nos ofrece el mundo exterior y donde rescatamos involuntariamente los residuos de situaciones vividas o añoradas.

Te cuento lo que me acaba de pasar hace un momento nada más, por acá cerca.

Estaba en Arias, mi pueblo natal. Vamos en una moto por un camino de tierra, yo sentado en la parte trasera del asiento, mientras el que maneja no sos vos, sino Mario Pegolini. Sí, el mismo que hacia CQC hace tiempo. No me preguntes que hacia él manejando, pero era parte de todo este ensamble de incoherencias que te paso a comentar. Tenía la misma cara que en una noticia que leí en Internet hace pocos días, así que deduzco, que quedó anclado en algún recoveco de mi conciencia. En el sueño voy hablando con Mario Pergolini y tengo una epifanía, me imagino que vamos a salir campeones del mundo con la selección de fútbol. En realidad no me lo imagino, no es un anhelo, lo viví como si fuese una visión, era algo que certeramente estaba por ocurrir y mi emoción era tal por aquella predicción, que lo sentía en todo el cuerpo —en el del sueño y en el que yacía dormido—. Era como tocar el cielo con las manos, esa sensación de ver un futuro tan prometedor para mí y para millones de Argentinos que tanto anhelamos esa copa. En esa visión también aparecía un Maradona joven pero no como jugador, sino más bien como icono de nuestro fútbol, eran imágenes que pasaban de él como un fotolibro, los jugadores Argentinos aparecían festejando, el cielo cubierto de papeles celestes y blancos, bengalas y una locura desequilibrante en un estadio de algún lugar. 

Mientras tanto yo iba en esa moto a festejar vaya a saber qué, porque aquella visión eran imágenes de algo que supuestamente iba a pasar en el futuro. Pero si en estado sobrio se me ocurren boludeces todo el día, imagínate lo que puedo ser cuando no controlo la sensatez de mis ocurrencias.  No soy dueño de manipular la imaginación en ese territorio desconocido.

Te sigo contando. Venimos por una calle de tierra y estamos llegando al cruce de vías, el que se encuentra pegado al predio del club Belgrano, y acá el sueño toma un giro brusco. Este es el momento en que te cruzo a vos, que venias por la mano contraria, también en el asiento trasero de otra moto que la conducía una mujer de pelo castaño. En este punto se presenta una incógnita porque no sé quién es esa mujer, capaz porque después de tanto escribir ya se esfuman las partes menos importantes de lo que soñamos, o tal vez es un personaje de relleno que aparece para que la moto no se maneje sola, como los extras de las películas que toman un café mientras transcurre la escena del bar. Lo que sí sé, es que no es tu esposa, además lleva lentes de sol al igual que vos y se me hace muy difícil identificarla. Habrá sido alguna mujer que mire de reojo para que la negra no se de cuenta, utilizando lo que en el rugby llamamos vista periférica, y por tal acción quedó en mis recuerdos sin tanto detalle específico. Pero en efecto, como ella iba con vos tampoco me quiero hacer cargo con quién te juntas, y menos en sueños delirantes.

Tenías puesto la misma ropa que cuando me invitaste a tu cumpleaños en el campo, seguramente me quedó grabado de las fotos que estuve viendo hace poco. Cuando te vi le dije a Mario Pergolini, —pará la moto que tengo que saludar a un amigo— me baje, vos también, y nos fundimos en un abrazo que me terminó emocionando. Es más, creo que esa emoción que parecía tan real fue la que más tarde me terminó despertando junto con los gritos de mi hija. Te dije feliz cumpleaños Pirin!! Pero acá el sueño tiene una falla porque vos no cumpliste años, sino tu hermano y como no te vi la noche en que lo festejó, me deben haber quedado esas ganas de saludarte. Te abrace como se abraza a los amigos de toda la vida, esos que no ves por mucho tiempo y en ese choque, un río de vivencias justificó ese abrazo eterno.

Ahora son las cinco de la tarde y vuelvo al mundo de los desvelados, me despierto azorado por esa transición entre ambos planos. Acabo de tener un sueño tan sentido y tan auténtico, que en dos oportunidades pude percibir la felicidad y la nostalgia de una forma tan palpable que me llamó notablemente la atención. Por miedo a olvidarme de ese sueño, tomé el celular, abrí el borrador y me puse a redactarlo rápidamente para abarcar la mayor cantidad de detalles posibles, a sabiendas que su paso es fugaz por la mente y más en la mía que no se molesta en retener este tipo de utopías.

Me desperté con mil preguntas en la garganta. Ganas de saber de tus cosas, de saber cómo estabas, de tu salud, tu familia, pero no hice nada, estaba demasiado ocupado recolectando fragmentos para escribirlos, que al final me dormí en los laureles y no te llamé.

Ahora que el sueño, en su mayoría, quedó acá plasmado en esta carta virtual, me pregunto si te habrá llegado aquel abrazo, o tal vez una brisa pasajera te recordó alguna travesura de nuestra infancia.

Para no hacerla tan larga, y no caer en adulaciones y sentimentalismo, no voy a dejar mensaje final ni moraleja, no me molesté en relacionar un campeonato de fútbol con aquel abrazo, y mucho menos con Mario Pergolini. Al fin de cuentas, quién soy yo para darle racionalidad a las locuras del subconsciente. Es una simple carta de los divagues que se me cruzan cuando no trato de ser normal. Desde el lugar donde las historias no tienen un cause ni coherencia, donde alguna vez solía volar, donde me corren y siento pesadas las piernas, donde ensayamos otra vida con sentimientos que se siente reales, donde suelo pelear con alguien mientras mis puñetazos no lo dañan, donde reproduzco copias de historias que fueron y no volverán, y donde regreso a charlas con gente que ya no está. Ahí, donde solemos invocar personajes de ficción o de carne y hueso, y donde la mente suele avisarnos en modo de sueños, que se extraña a los amigos que andan en motos con chicas desconocidas. Y te despertas feliz por ese abrazo real, aunque manipulado por la imaginación, mientras que en el mundo verdadero la voz de una niña te llama y te despierta gritando, para tomar unos mates.

domingo, 4 de agosto de 2019

Historias fogosas.


Según Wikipedia, la Piromanía, es un trastorno de control de impulsos, relacionado con la provocación de incendios y la atracción por el fuego. También habla que el causar estos incendios genera una sensación de alivio de tensiones, exponiendo un diagnóstico que en cierta forma me identifica en algunos puntos. 

Por alguna razón que ignoro, esa reacción química que produce la combustión me atrae de sobremanera. Quizás por una mezcla de admiración, nostalgia, por el calor amigable o el resplandor y las sombras irregulares que se proyectan. Dan, junto al crujir de la leña que se quema, un combo terapéutico de relajación. 

Es por ello, que quise seleccionar tres pequeñas historias que me ligan, por decirlo así, a este elemento tan fascinante que es el fuego.

Cuando mis viejos trabajaban en el campo, un fin de semana por medio les daban franco, y luego de almorzar y armar el equipaje, partíamos hacia el pueblo a una humilde casa de dos ambientes que alquilábamos. La entrada principal daba a un pequeño comedor/cocina, y este conectaba a una habitación, con una cortina que cumplía la función de puerta. Mi hermana y yo dormíamos en una cama de una plaza en posiciones invertidas y mis viejos en la cama de 1 1/2 plaza.

El tiempo y el crecimiento de ambos, hizo tedioso compartir ese espacio reducido, por lo tanto, nos turnábamos una noche cada uno, para descansar en una reposera que se hacía cama y estaba ubicada en la cocina.

Ese domingo era mi turno en la reposera. En ese sonajero nocturno que te dejaba la espalda como si hubiese llevado upa, un peleador de sumo por todo el barrio. Luego de apagar el televisor, se cruza en mi radar visual, casi sin quererlo, una botella de alcohol de litro. La tomé en mis manos, derrame apenas unos pocos centímetros cúbicos sobre la mesa de melamina. Apagué la luz. Y por un mero experimento científico, le acerqué un fósforo encendido apreciando como rápidamente, se consumían esas llamas desde sus contornos hacia el centro, hasta que en pocos segundos, no quedó ni una mísera gota de nada.

Aplicando una de regla de tres simple, llegué a la conclusión matemática que, si unos pocos centímetros cúbicos daban un espectáculo fascinante en la oscuridad del comedor, imagínense lo que sería equis (x), si se derramaba una cantidad generosa que cubra casi toda la mesa. Por error o por inocencia, no me dispuse a repasar los cálculos con la mente fría, pues mi ansiedad me sobrepasaba como para detenerme a refutar los parámetros del experimento y sus variables. 

Sin más vericuetos, incliné la botella de alcohol hasta lograr un círculo de unos 60 centímetros de diámetro de aquel líquido, que se asemeja a algo tan inofensivo, como lo es el agua. Encendí un fósforo y al contacto con la sustancia inflamable, todo se aclaró de golpe, una llamarada azul de más de medio metro cubrió la mesa. Mi cara de asombro, mis ojos abiertos en su máximo extensión, se maravillaron un par de segundos. Me sentía un neandertal descubriendo el fuego, pero la preocupación me abordó al apreciar que el tiempo en que se consumía el alcohol, era mucho menor al de la prueba inicial. Parámetro que había olvidado ingresar en el cálculo. 

A todo esto, luego de unos 30 segundos, mis viejos se levantaron espantados al ver la claridad que asomaba en la habitación. Tiraron algunos trapos sobre la mesa para ahogar el fuego y dieron fin al experimento. Eso no solo me valió un buen reto, sino la concurrencia a un secundario pupilo. Aparentemente, por alguna razón, no les inspiraba confianza, o es lo que pude leer entre líneas.

Lo más reciente fue hace un par de años cuando finalizado el cumpleaños de mi hija. Tomé las cajas vacías de los regalos y los papeles de los envoltorios, las coloqué en el asador, las rocié con alcohol y encendí una fogata que derretía hasta los ladrillos refractarios. Me mantuve alejado para soportar las llamaradas de tres metros de alto, acompañadas de un suave rugido que daban un espectáculo alucinante. Ese día descubrí que el machimbre de madera de la galería, sobresalía varios centímetros dentro de la chimenea del asador, y a raíz de aquel pequeño desperfecto arquitectónico, se prendió fuego el techo de casa. Culminados varios intentos inútiles por apagar el foco incendiario, el humo comenzó a asomarse de entre las chapas de toda la galería y no me quedó más alternativa que llamar a los bomberos. 

En cuestión de minutos revolucioné todo el barrio. Los bomberos, canal 12, los vecinos y cada uno que pasaba se detenía afuera de casa para ver qué sucedía. Por suerte no tenía que dar muchas explicaciones porque Martina, mi hija mayor - en ese momento de 7 años - estaba tan emocionada, que se lo hacía saber a todos los que osaban averiguar qué había pasado allí.  Cómo, cuándo y quién era el culpable de todo eso... su papá. 

Parada afuera en la vereda, era como una especie de enviada especial con conocimiento en relaciones públicas, fascinada por aquella movilización del cuerpo de bomberos, camarógrafo, reportero y muchedumbre. Era como estar en una película y parecía ser la que más lo disfrutaba. Por suerte fue solo un susto y se pudo contener el fuego. Apenas un metro cuadrado de machimbre quemado y un par de chapas desclavadas para poder rociar el agua a presión.

Por último, dejo esta tercera historia sin respetar la cronología de los hechos, pero me pareció un buen cierre a este tema. 

Cuando cumpli 22 años, hice un festejo a lo grande. Vinieron mis amigos de siempre, los de la facultad y dos amigas de Venado Tuerto. Una trabajaba conmigo en un instituto de computación y la otra era su mejor amiga. A la mesa del comedor de casa lo continuaba un tablón con caballetes lleno de amigos, que luego de tomar y comer en abundancia, terminamos en un bar donde seguimos bebiendo. En una pausa de la noche, aparece una torta y una bandeja con copas flameadas. Cuando se consume el fuego del alcohol, tomamos esas copitas fondo blanco, y algo se desconectó en mi cerebro. La noche fue como pocas,  un agradable descontrol. Pero al otro día no me acordaba de muchas cosas. Entre ellas, que me había encarado a mi amiga y compañera de trabajo, que encima se quedaban a dormir en casa. Podría haber quedado todo ahí, hubiece bastado una disculpa y hacíamos las pases, o ella se hacía la desentendida, total no me acordaba de nada. Pero en realidad cuando se le pasó el enojo, seguimos adelante con aquella relación, fruto del fuego, y no justamente de la pasión, sino del alcohol. Y luego de 17 años criamos dos hijos hermosos y construimos una vida juntos. 

Después de muchos años he podido controlar algunas cosas, mis miedos, mis ansias, el cigarrillo, pero el fuego no es una de ellas. Sé que cada vez que esos dos elementos se juntan, dejan en evidencia lo peligroso que puedo ser contra mi propia seguridad. Y lo peligroso que puede ser jugar con alcohol y un par de fósforos. Una vez, casi sin quererlo, quemo la mesa del comedor, y en otra oportunidad casi quemo mi propia casa. Pero la tercera vez, lo que se quemó no lo pude reponer jamás, porque en esa oportunidad los daños no fueron materiales, sino mucho peor, esa vez, quemé mi contrato de soltería, y no quedó ni las cenizas.

viernes, 26 de julio de 2019

Soñar, no cuesta nada.


Greta, es una hermosa mujer de unos jóvenes cuarenta años recién cumplidos. De cutis rosado y pelo color castaño oscuro, o rojizo, o rubio y hasta alguna vez azul. En efecto, una numerosa paleta de colores y una variedad de estilos rimbombantes. Sus ojos son verdes, su sonrisa imponente (amplia), y su sentido del humor espontáneo y recurrente. Su oficio no es actriz, humorista, ni payasa de burbujas, nada de eso. Ella es cajera de un supermercado. 

Un lunes por la tarde, alrededor de las 15:00 y como cada día, termina su jornada laboral, toma su tarjeta de control de ingresos, marca la salida y emprende su retorno a casa. Mientras camina, se escuchan solo sus pasos y el crujir de las hojas secas del invierno que se aproxima. Con su mirada puesta en el camino, va organizando en su mente el cronograma de tareas que restan ejecutar en lo que queda del día. Pagar algún servicio, llevar a particular de inglés a su hijo menor de 7 años, hacer la lista de los faltantes de la casa, y revisar si tiene un paquete de galletitas dulces en la alacena para no caer con las manos vacías cuando vaya a tomar mates de su amiga Berta.

Se detiene en la esquina de una avenida, mira en ambas direcciones y cruza. Posa su pie derecho sobre el cordón de la vereda y un papel se adhiere a la suela de su zapatilla. Realiza varios intentos desatinados por despojarse de aquel objeto, arrojando pequeñas patadas al vacío, pero no le queda más remedio que buscar una columna donde apoyar su brazo derecho. Dobla su rodilla haciendo un cuatro - como cuando nos emborrachamos -  y con su mano libre despega aquél papel molesto, que no es, ni más ni menos que, cien pesos argentinos. 

Lo revisa intentando buscar algún desperfecto, trata de comprobar su veracidad. Mira si Evita esta peinada para el costado o hacia atrás. Lo toma con ambas manos y lo mueve a contraluz para que ver la marca de agua y el reflejo de los hilos de seguridad. Todo parece estar en su lugar. Examina a su alrededor buscando algún propietario que proclame el billete encontrado, o peor aún, registra que nadie la haya visto e intente adueñarse de su botín. Lo guarda rápidamente en el bolsillo trasero del pantalón y continúa caminado con el ánimo ensalzado de sentir que la suerte está de su lado, de entrever aquel guiño del destino, y convencida de eso, cambia su itinerario regular y procura interceptar alguna agencia de Quiniela cercana a su barrio. Al fin y al cabo esos cien pesos no le pertenecían y debía aprovechar ese envión de los afortunados, que se corta como cualquier racha.

Llega a la agencia con una ansiedad voraz, deseosa de sucumbir al azar, pero se da cuenta que no tiene idea qué número jugar. No posee el conocimiento de los jugadores viciados, de los que persiguen los números en patentes de autos nuevos, en sueños donde los muertos hablan o donde las fechas de cumpleaños abren una oportunidad de éxito o fracaso. No se conoce persona alguna, que juegue un número porque sí, por el solo hecho de hacerlo. Es casi una regla, que todas las jugadas se efectúen con una fundamentación comprobada y verosímil. 

Le pide al quinielero que le provea de esos almanaques que contienen el significado de los sueños. Empieza a leerlos y asociarlos con algún suceso reciente. Todos los números parecen hablarle, el 00 los Huevos, y el 68 los Sobrinos. Ahí tenía un combo, porque siendo la mayor de tres hermanas, levantaba una piedra y salía un pequeño que seguro los rompía. Sumo la edad de sus hijos y le daba 18, pero en los sueños era la Sangre, y le parecía aterrador. En un instante pensó en el 32 el Dinero, o el 62 la Zapatilla, pero su elección final tomó forma al recordar que el billete, seguramente pertenecía a alguien más, y se decidió por el 79, el Ladrón. 

Al día siguiente, ya en el trabajo y como es habitual, toma su descanso de las 10:00, y  revisando el celular, encuentra 3 mensajes y 2 llamadas perdidas de Berta que estaba al tanto de los acontecimientos ocurridos, luego de haber tomado mates juntas la tarde anterior. 

En uno de ellos decía - Greta, acabo de pasar por una agencia y agarraste a cabeza las dos cifras, que suerteee!!! - En el segundo mensaje escribió - che, tema aparte. Viste la foto que subió Marina al face?, parece que se vistió con el telón del teatro Colón. Dios mío, no tiene amigas esa chica que le avisen que parecía una calesita? - porque nunca es un mal momento para un chusmerío de barrio. 
Mientras que en el tercer mensaje finalizaba con un - respondeme los mensajes nena, felicitaciones!!! - 

Imagínense la alegría de Greta después de leer la noticia, esos $100 pesos se habían transformado en $7000. No podía dejar de especular en que se gastaría ese premio. Las botas de montar que tango deseaba, unas deudas que la perseguían hace un tiempo o mejor aún, la play station para su hijo de 11 años que tanto anhelaba. Sin dudarlo llamó a una madre del colegio que vendía una usada, averiguó el precio y le pidió que por favor se la reserve así la retiraba por la tarde. Acto seguido, le aviso a sus hijos de la gran noticia. 

Era tal su alegría, que cada vez que le cobraba en la caja a algún cliente, lo despedía con un beso y un abrazo, desbordaba de una amabilidad empalagosa, - vuelvan pronto, no se cortensaludos a la familia de mi parte -.

Salió de su trabajo y se tomó un remis para llegar rápido a la agencia, bajó con el comprobante en la mano, su pecho explotaba de alegría, abre airosa la puerta del local y le dice al quinielero con una sonrisa que le llegaba casi a las orejas vengo a cobrar este premio - moviendo el comprobante como si fuera un árbitro de fútbol sacando tarjeta amarilla. El señor toma el papel y lo verifica varias veces, sonríe y le dice, - usted jugó la vespertina y este número salió ganador en la matutina -. La música de la orquesta del Titanic comenzó a sonar de fondo, esa en la parte que se hunde barco. La pobre Greta no lo podía creer, no sabía que hacer con la sonrisa que tenía dibujada en la cara, intentaba responderle pero de su boca solo salía un balbuceo incoherente, quizá producto de un pequeño ACV, en consecuencia a semejante noticia. Entró a mirar al suelo como los perros para ver donde podía caerse desmayada, pero estaba húmedo, recién lo habían baldeado y no pretendía mojarse. Su desilusión fue tan grande, casi insoportable, a tal punto que quería abrazar a aquel hombre desconocido y romper en llanto con gritos y espasmos incluidos, al ver truncados sus sueños. O en su defecto comenzar a destruir la agencia a patadas para liberar su tristeza. 

Por suerte, nada de eso sucedió, pudo contenerse. Saludo con la voz quebrada, dio media vuelta y continuó su trayecto a pie, para sufrir en silencio. Mientras caminaba, no podía evitar pensar porque no se gastó los cien pesos en un chocolate, en unas facturas con dulce de leche, en un esmalte de uñas o incluso los podría haber puesto en la trompita de esos elefantes de porcelana que supuestamente atraen la suerte. Cualquier elección, le hubiera evitado sentir la devastación, que arrasó con su deseo de llevar ese juego a casa. Tema que la tenía a mal traer, porque volvía con las manos vacías, no llevaba siquiera un mazo de cartas para jugar al chinchón. Aunque después de darles la noticia a sus hijos, su única alternativa sería la de jugar un solitario, palpitando que la crucificarían en el altar de las promesas incumplidas. 

Finalmente llega a su casa y antes de atinar siquiera a tocar el picaporte, los pequeños ansiosos de ver la nueva adquisición familiar, abren la puerta y descubren que su madre no trae nada consigo. Un torbellino de preguntas recaen sobre la mujer, que no encuentra palabras para explicar lo sucedido. Intenta contarles la historia, pero no soporta desmantelar la ilusión de ambos. Fue entonces, cuando Greta les dice que no pudo ir en busca de la Play porque una compañera se ausentó y tuvo que hacer horas extras, pero seguro en la semana, la tendrían en casa.  

Entrada la noche y luego de la cena, se preparan para descansar tras un día plagado de actividades. Ella va a la habitación, los arropa, les da un beso y se retira al comedor solitaria. Se sienta en la silla mirando un punto fijo hacia la nada misma, permaneciendo casi inmóvil. Se le ocurre que podría vender algo del hogar para obtener alguna ganancia, pero no le sobraba nada, son tiempos difíciles. Intentar vender pizzas parecía buena idea, pero no tenía tiempo, salvo que las vendiera a escondidas a los clientes en el supermercado, objetando que las de la góndola estaban vencidas, pero era un poco descabellado. Alguna inversión monetaria le llevaría meses para dar frutos y necesitaba resolverlo antes del viernes. 

De todas formas sacó su monedero, comenzó a contar los billetes y las monedas. Rasgó el fondo con las uñas, pero apenas contó doscientos cincuenta y dos pesos. En ese momento no supo que hacer, se sintió acorralada, solo estaba segura de una sola cosa. Mañana, al pasar por la pizarra de alguna agencia, escrito con tiza blanca y posicionado en la primer fila, estaría el número 17, La Desgracia.

Crimen organizado

La mesa ubicada en el patio de Anselmo Martínez estaba fabricada de cemento, arena y piedra: una perfecta circunferencia decorada con recort...